domingo, 11 de octubre de 2026

El chiquillo en patinete

Vuelvo de comprar el pan y me adelantan tres niños chicos en patinete. Al llegar al semáforo —es una calle de cinco carriles— se detienen y se vuelven hacia su madre.

—Va, mamá, corre.

—Es que vais muy deprisa.

La madre se acerca lo suficiente para ver el cruce y les dice que pueden cruzar. Los niños se lanzan a toda la velocidad que son capaces con sus patinetes infantiles. El mayor, que circula a la derecha, se cruza delante de sus dos hermanos en dirección al parque, sito a la izquierda en la otra acera. El hermano mediano, que va a la izquierda de su hermana, no tiene tiempo de frenar y choca con el mayor, yéndose al suelo. En un cruce de calle. Los dos hermanos se detienen un momento y se vuelven a mirarle; el mediano se levanta y, renqueante, se pone en marcha. Los tres consiguen cruzar la calle con éxito.

Detrás de mí viene la madre. Y le oí preguntar:

—¿Estás bien, Blai?

Estuve tentado (pero no lo hice) de girarme y decirle a la madre que no es eso lo que tiene que decirle a un niño que se cae yendo en patinete. El niño se había hecho daño, eso lo veía yo, pero no sangre. No iba a necesitar una ambulancia. 

Lo que tenía que haberle dicho era, más o menos:

—¡Ánimo, Blai, que se te escapan!

Algo así. Algo que no lo convirtiera en víctima necesitada de ayuda, sino que lo animara a ponerse en pie y rehacerse. A superarlo.

Creo que mi postura es mejor para la educación del niño; como mínimo, necesaria. El enfoque que hizo su madre fue, eso, más maternal, pero el niño no había tenido una caída seria, con lo que en ese momento era sobreprotectora. Y aunque entiendo a la madre, me fui pensando que a la sociedad le iría mejor si se la educara con un espíritu más viril y menos sobreprotector. Tanto la actitud materna como la paterna (entiéndase la viril) son convenientes en su justa medida, no pretendo criticar a las madres por ser lo que son ni querer que no se inmiscuyan, pero hay que apreciar lo bueno que aportan los padres. Y dado que el del chico no estaba presente, su madre debió hacer de padre en esa situación.

En mi experiencia, a veces los niños pequeños se caen, pero no rompen a llorar. Llegan las madres corriendo y «pobrecito mío», y entonces es cuando el niño llora. Si se hubieran limitado a quitarle la gravilla que tuviera en los codos o las rodillas y le dijeran «¡listo!», el niño se olvidaría del golpe y sólo lloraría si se hubiera hecho un daño excesivo. Es un fenómeno psicológico tan real como estudiado, que se conoce como "referenciación social". Cuando un niño pequeño sufre una caída o un imprevisto, su primera reacción no es llorar; lo primero que hace es mirar a su adulto de referencia para saber cómo debe reaccionar. El niño busca en la cara de su madre o su padre la respuesta a la pregunta: «¿Esto que me ha pasado es peligroso o no?».

Si la madre llega corriendo, con cara de pánico y un tono de voz alarmado, el cerebro del niño asume que está ante una catástrofe real. El llanto no nace del dolor del golpe, sino del miedo que le contagia la reacción de la madre. Pero si el adulto reacciona con calma, le quita la gravilla sin darle importancia y le da un empujón de ánimo, el niño interpreta que el mundo sigue siendo un lugar seguro. El mensaje inconsciente que recibe es: «Esto no es nada, tú puedes seguir». Solo llorará si el dolor físico es verdaderamente insoportable.

Me gustó comprobar que Blai no atendió a su madre. Murmuró algo como un sí y siguió empujando su patinete, aunque yo veía su cara y sus gestos y claramente le dolían las manos y las rodillas.

 

Por cierto, Blai es un nombre catalán. En castellano es Blas. 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario