jueves, 14 de mayo de 2026

Los abuelos I

Debe el lector, mientras lee esta entrada, escuchar la canción "El abuelo" de Alberto Cortez: https://www.youtube.com/watch?v=qfPPwk5cOcs 

El abuelo un día
Cuando era muy joven
Allá en su Galicia
Miró el horizonte
Y pensó que otra senda
Tal vez existía
Y al viento del norte
Que era un viejo amigo
Le habló de su prisa
Le mostró sus manos
Que mansas y fuertes
Estaban vacías
Y el viento le dijo
Construye tu vida
Detrás de los mares
Allende Galicia

Y el abuelo un día
En un viejo barco
Se marchó de España
El abuelo un día
Como tantos otros
Con tanta esperanza
La imagen querida
De su vieja aldea
Y de sus montañas
Se llevó grabada
Muy dentro del alma
Cuando el viejo barco
Lo alejó de España

Y el abuelo un día
Subió a la carreta
De subir la vida
Empuñó el arado
Abonó la tierra
Y el tiempo corría
Y luchó sereno
Por plantar el árbol
Que tanto quería
Y el abuelo un día
Lloró bajo el árbol
Que al fin florecía
Lloró de alegría
Cuando vio sus manos
Que un poco más viejas
No estaban vacías

Y el abuelo entonces
Cuando yo era niño
Me hablaba de España
Del viento del norte
De su vieja aldea
Y de sus montañas
Le gustaba tanto
Recordar las cosas
Que llevó grabadas
Muy dentro del alma
Que a veces callado
Sin decir palabra
Me hablaba de España

El abuelo un día
Cuando era muy viejo
Allende Galicia
Me tomó la mano
Y yo me di cuenta
Que ya se moría
Y entonces me dijo
Con muy pocas fuerzas
Y con menos prisa
Prométeme, hijo
Que a la vieja aldea
Irás algún día
Y al viento del norte
Dirás que su amigo
A una nueva tierra
Le entregó la vida

Y el abuelo un día
Se quedó dormido
Sin volver a España
El abuelo un día
Como tantos otros
Con tanta esperanza
Y al tiempo al abuelo
Lo vi en las aldeas
Lo vi en las montañas
En cada mañana
Y en cada leyenda
Por todas las sendas
Que anduve de España.

La canción va del abuelo, da igual si ficticio o real, de Alberto Cortez, que nació en Argentina en 1940. Es presumible, por lo tanto, que su abuelo emigrara hacia finales del siglo XIX. No sería extraño, en aquella época.

O va de la relación del nieto con el abuelo: el nieto, al evocar a su abuelo, nos dice lo que su abuelo le contaría. Su juventud, su decisión de emigrar, la dureza de salir adelante, y su añoranza de lo que había dejado atrás. Y que, obviamente, ya no iba a volver a ver.

Y nos dice que, al final, el abuelo murió. Es ley de vida. Y que cuando, años después, Cortez ha hombre, recorre España... y ve a tantos que podrían haber sido su abuelo. Porque todo en España le recordaba a su abuelo.

Los abuelos son abuelos en su relación con los nietos. Para todos los demás son sólo personas mayores; pero, para los nietos, son personas especiales: son sus abuelos.

La primera en morir fue mi abuela materna. Había ido para asistir al nacimiento de mi hermano anterior, y aquella noche se desató una fuerte tormenta. Mi padre decidió que no les despertaba, que les dejaba dormir, y supieron del parto a la mañana siguiente. Mi abuela se enfadó mucho y le dijo a mi madre que no volvía al parto del siguiente: los casi mil kilómetros que separaban ambas ciudades no se recorrían, entonces, así como así. Cinco meses después, nueve antes de nacer yo, mi abuela se caía por la calle y moría. Por eso mi madre vestía de luto y lloraba en mi nacimiento. ¿Porqué lloras?, le preguntaba la gente. Porque se acordaba de su madre y lo que le había dicho.

El siguiente en morir fue mi abuelo paterno. Un cáncer de pulmón fulminante, unas navidades enfermó y en marzo lo enterramos. Demasiado pronto para mí, sólo tengo el recuerdo de él agonizante en su cama.

Mi abuelo materno duró más. Pero vivía a mil kilómetros, y tenía 32 nietos. Cuando íbamos a verle (raramente), desde luego no tenía tiempo para mí. Y yo era todavía demasiado niño para saber sacarle el jugo a los ratos que hubiéramos pasado juntos.

Por último, mi abuela materna. Ésta ya me duró más, creo que murió cuando yo tenía 25 años, más o menos, pero sobre todo desde niño la veíamos todos los sábados (íbamos a comer a su casa), y cuando los demás se volvían yo me quedaba con ella y jugábamos al ajedrez. Durante horas. En la mesa camilla del gabinete, junto a la ventana. Y hablábamos. Me contaba cosas, y cosas y cosas. Cuando tenía unos 18 años el alzheimer apareció e hizo los estragos que acostumbra, pero para entonces tenía cientos de horas de charla.

Pero nunca hablé con mis abuelos y ya lo creo que me habría gustado. Eso no quita que no comprenda a Alberto Cortez. Y sentir la pena que sentía él al recordar a su abuelo.

Es una canción magnífica. Y no solo por la imagen del árbol (ya conté, en esta entrada, mi fijación en el tema). Por cierto que fue de las primeras canciones que propuse escuchar, hace ya años.

Si no se emociona usted al escucharla, o es un frívolo o es un descastado. Usted sabrá. 

 

 

 

 

Post scriptum: ¡Qué pena que ya no se escuche a Alberto Cortez! Sí, ya sé que es ley de vida y hoy molan no sé qué panolis suburbiales, pero ¡qué pena! En fin, ellos se lo pierden.