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Un estrambote son unos versos que se añaden al final de un poema, en principio un soneto. Quiere la norma, no obligatoria, que el estrambote sean tres versos, un heptasílabo y dos endecasílabos. Y el estrambote más famoso, por supuesto, es el cervantino
Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese y no hubo nada.
El cual ha generado la famosa expresión «fuese y no hubo nada», que se suele emplear con un significado similar al parto de los montes. Con la salvedad de que la expresión "el parto de los montes" hace referencia a la fábula de Esopo del mismo título, que los mentecatos ingleses resumen en un much ado about nothing, nuestro castizo "mucho ruido y pocas nueces". En el caso de nuestro estrambote, se emplea para decir que se preveía zarabunda, algarada, pelea, trifulca, controversia o discusión, y lo que se obtuvo no fue sino una gran decepción. Porque fuese, y no hubo nada.
Ocurre, empero, que ése no es el sentido correcto de la expresión.
Para entenderlo, hemos de tener presentes el soneto completo, con su estrambote:
«Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla;
porque ¿a quién no sorprende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?
Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh, gran Sevilla!
Roma triunfante en ánimo y nobleza.
Apostaré que el ánima del muerto
por gozar este sitio hoy ha dejado
la gloria donde vive eternamente.»
Esto oyó un valentón y dijo: «Esto es cierto
cuanto dice voacé, seor soldado,
y quien dijere lo contrario, miente.»
Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese y no hubo nada.
El título de este soneto es Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla, y es causado porque a la muerte de Felipe II se le erigió en Sevilla un túmulo que, por lo que parece, debió de ser espectacular. Cervantes simula un poetastro que alaba el túmulo y, por descontado, al rey muerto (ya que afirma que vive en la gloria eterna), y que un tipo que lo oye proclama entonces que eso es cierto y que quien diga lo contrario, miente. Es decir, no es que lo diga el poetastro, es que es opinión general. Y entonces mete la pulla. El valentón, incontinente (es decir, gesticulando mucho, como si nadie pudiera impedir lo que está dispuesto a hacer), se ajusta el sombrero, echa la mano a la espada y mira a ver quién se atreve a oponérsele. Pero nadie dice nada, nadie le reta, así que, pues nadie se atreve, el bravucón se marcha, orgulloso de su valor (ha estado a punto de retarse a muerte por el buen nombre de su rey muerto), y aquí no ha pasado nada.
Muy bien, me dirán, pero ¿dónde está la pulla?
Y, por cierto, ¿está usted acusando al guasón de Cervantes de reírse de Felipe II en un poema bajo la apariencia de loarlo? Todo lo contrario, caballero. Precisamente porque lo que ha dicho el poetastro es del todo cierto, nadie va a afirmar que miente. No porque tuvieran miedo del bravucón, sino porque lo dicho es verdad.
¿De quién se está riendo Cervantes? Del bravucón. Que gesticula mucho, reta a cualquiera que se le atreva... pero sabe que no va a salir nadie. Así cualquiera. Como explicar al torero cómo tendría que haber toreado. «¡Si yo hubiera estado allí....!».
O como cuando alguien se hace el valiente porque está rodeado de los suyos, porque sabe que juega en casa, porque sabe que le van a aplaudir diga lo que diga, porque sabe que el rival no está presente y no puede responderle.
Todas esas situaciones en las que uno, al narrarlas a un amigo, termina diciendo «... fuese, y no hubo nada».
Porque el vacío no se refiere en realidad a la escena, al lugar. Sino a la valentía del retador.
Dedicado a todos aquellos que sabían lo que era un estrambote.
Michael Penn - Long way down
