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Parece ser que en unas oposiciones públicas a maestros un elevado porcentaje de los que se presentaron suspendieron el examen por faltas de ortografía. Con el esperable revuelo y diferencia de opiniones. Unos se escandalizan: los que han de enseñar a escribir no saben escribir. Otros se escandalizan: esos chavales (los aspirantes a maestros son ya chavales) han sacado notas excelentes en ESO, Bachillerato y Universidad; ¿cómo es que ahora cometen faltas de ortografía? Otros, en cambio, opinan que tampoco es para tanto: total, hablamos de ortografía. En los tiempos de los autocorrectores, de los traductores voz-escritura y de la IA.
Todos tienen su parte de razón. Ignoro si también la tienen los que dicen que estas cosas han pasado siempre y que "siempre" se ha suspendido a maestros por faltas de ortografía (a la mitad, más o menos, de los que se presentan).
A los maestros les pedimos poco. Que enseñen a leer y a escribir, las 4 reglas aritméticas y poco más.
En realidad, lo de la aritmética lo pedimos cada vez menos. A sumar, tal vez. A restar, a lo sumo, y pare usted de contar.
Que enseñen a escribir, se les pide lo justito. Una caligrafía básica, apenas legible, y la ortografía elemental. Con eso nos conformamos. Y no les falta razón a los que dicen que en los tiempos que corren no se necesita más. Como enseñanza básica, ya les está bien: quien quiera más, que vaya a la universidad.
Y que enseñen a leer. De nuevo, nivel básico. Textos cortos de frases simples, poco elaboradas, léxico vulgar, 800 palabras en el mejor de los alumnos. Repito, enseñanza básica. Para proezas mayores, la universidad.
En realidad, lo que pedimos a los maestros es que cuiden a los niños mientras los tenemos allí. Si de paso aprenden algo, bienvenido sea. Pero, para aprender, la ESO. El bachillerato. Y, si quieren más, la universidad. Total, lo que yo aprendí ya lo he olvidado, y aquí estoy. Si llevo veinte años sin necesitar escribir nada más complejo que un whatsapp, el subtitulado de un vídeo de TikTok o un mensaje de Instagram, de qué me sirve haber leído el Quijote.
Lo cierto es que los candidatos a maestro no son, por usar la expresión estadounidense muy popular hoy en día, "los lápices más afilados del estuche". No son los mejores estudiantes, nunca lo han sido. Ésos suelen llegar a médicos, notarios o ingenieros; magisterio es una salida para los mediocres. Que los graduados cometan muchas faltas de ortografía, en los tiempos que corren, era de esperar. Que algunos tribunales hayan decidido que basta ya de tragaderas y los hayan suspendidos… bueno, algunos dirán que ya era hora y otros dirán que cómo que es que ahora se ponen tan estupendos.
Porque esos cuasianalfabetos resulta que tienen expedientes académicos impecables. Y notazas en el examen de ingreso a la universidad. Y se han sacado la carrera de maestros: ¿cómo es que ahora un tribunal dice que no valen para maestros? ¡Pero si tienen un título universitario que dice que sí!
Es extraño, ¿no?
Me temo que magisterio es una de esas carreras universitarias en las que no pedimos un conocimiento real. A diferencia de los médicos o los ingenieros, por citar un par de las que preferimos estar seguros de que de verdad saben. Ya les aseguro yo que, en lo que respecta a los grados de ingeniería, salen sin saber. Y eso en uno de los que más exigimos que no sea así: no quiero ni pensar lo que debe ser en los que no exigimos. Lo que ocurre es que el conocimiento que da la universidad es como el que dan los maestros en primaria: básico, muy rudimentario. Lo justo para decir que se ha dado algún conocimiento. ¿Las notas? Una engañifa. Una engañifa que aceptamos todos, salvo en medicina porque ahí sí notamos que nos afecta directamente. Salvo en medicina, insisto... salvo que también ahí nos estemos engañando y nos neguemos a reconocer que los médicos son cada vez peores. Mi experiencia personal es que el médico de familia que me ha asignado la Administración jamás me ha curado nada, cada catarro ha necesitado los preceptivos 7 días.
La engañifa de las notas es evidente, y se hace pública cada año cuando se publican los resultados de las pruebas de acceso a la universidad: todo el mundo tienen unos resultados realmente brillantes, y como todo el mundo saca sobresaliente, las diferencias están en las milésimas. ¿Y si exigiéramos a los profesores de bachillerato que pusieran el listón que en principio se espera? Nos contestarían que no aprobarían el 10%. Que el material que les llega de la ESO es muy malo. ¿Y si exigiéramos a los de la ESO lo mismo? Nos dirían que con lo que les llega de primaria no hay nada que hacer. ¿Y a los de primaria? Esos no se pueden quejar, pues no hay enseñanza obligatoria antes (creo). Pero es que estos son los maestros. Viendo a los maestros, no sé qué esperamos de sus alumnos. Y luego está lo que nos dirían todos los estamentos implicados, de la universidad a la enseñanza primaria: que si suspenden a los alumnos se están buscando problemas. Problemas con la administración, con los alumnos y con las familias de los alumnos. Nadie se mete en la enseñanza para afrontar problemas, y por otra parte no tardarían mucho, los profesores, en ser expulsados: la comunidad educativa no quiere profesores que les exijan. Para que se me entienda: puede que los padres sí quieran profesores que exijan a los alumnos, ¡pero no a sus hijos! Todos queremos que nuestros médicos e ingenieros hayan superado los más rigurosos procesos de educación, pero nos referimos a los demás. Los que nos curen y los que calculen nuestras casas, no los alumnos que tenemos delante.
Y con esta actitud nos pasa lo que nos pasa.
Cerca de mi casa hay una escuela pública. Con pancartas en la fachada en defensa de una educación feminista, que nos hace más iguales, y cosas así. Los maestros de esa escuela, claro, quieren más dinero y menos niños. Y tendrán ambas cosas, tarde o temprano. Lo que no tendrán será mi respeto. Y luego, cuando vengan llorando que qué duro es lo suyo, que cuántas depresiones sufren, que los alumnos y los padres de los alumnos y la sociedad entera no les respeta y que no se les valora y todo eso, pues yo sólo podré espetarles que qué esperaban. Lo dicho, no son los lápices más afilados del estuche.
Rocío Jurado - Lo siento, mi amor