viernes, 26 de junio de 2026

Las cosas no son como nos las cuentan

 https://www.youtube.com/watch?v=PqccEpqvwPY

 

 

Santa Fe, 1693. Diego de Vargas Zapata Luján Ponce de León Zepeda Álvarez Contreras y Salinas, marqués de la Nava de Barcinas, emprende la reconquista de Nuevo Méjico. En la villa de Santa Fe, los teguas y los tanos se han atrincherado en el palacio del gobernador. Vargas capitanea una centena de soldados españoles y 140 guerreros pecos que estaban en guerra con los indios atrincherados. El 29 de diciembre ordena el ataque. El escuadrón desmontó de sus caballos, pues no eran de utilidad para asaltar la muralla y se lanza a tomar los baluartes, las fortificaciones y las trincheras. Consiguen tomar una de éstas, que daba al torreón principal, e intentan subir con escalas al torreón, pero los honderos y arqueros se resisten. Vargas dio orden de romper la puerta principal, pero las hachas que llevaban los asaltantes no son muy eficaces. Consiguen, en cambio, prenderle fuego, y lo mismo con la otra puerta del recinto. EL interior estaba defendido desde unos parapetos muy altos y amurallados des los que los defensores tenían ventaja sobre los atacantes.

A las cuatro de la tarde llegan noticias de que a los defensores les llegaban refuerzos desde sus pueblos, así que tres escuadras de soldados parten a hacerles frente.

Caída la noche el asedio continuaba. Un disparo consigue herir al capitán indio, y esto, unido al cansancio, permite que a punto de amanecer los soldados se las ingenien para subir al torreón principal y rendir la plaza.

A las dos de la tarde de ese día los centinelas divisan un grupo muy numeroso que viene en ayuda de los indios, y Vargas sale con 80 de sus soldados a hacerles frente; los refuerzos, al verles y comprobar que la plaza ya ha caído en manos de los españoles, dio media vuelta. 

Vargas ordena que los hombres adultos sean ejecutados, y las mujeres y niños fueran condenados a diez años de servidumbre, al término de los cuales debían ser establecidos en pueblo y adoctrinados en la fe católica. para ello se entregaron a los soldados y pobladores, unos pocos a cada uno para que los pudiesen controlar. La entrega tenía condiciones, como que no podían estar encadenados sino libres, y debían tratarlos bien o perderían su derecho sobre ellos, llevarlos a presencia del fraile dos veces al día, mañana y tarde, para ser educados y adoctrinados, etc. 

Hasta aquí. Todo esto (y mucho más) lo cuenta el historiador Jorge Luis García Ruiz en su libro "Presidio (la historia documentada de 300 años en la frontera norte)". Yo paro de leer, asombrado por la dureza de Vargas.

Por supuesto, nadie les va a hablar de este suceso. Como mucho, les hablarán de la crueldad de los españoles en la conquista.

Como titulo, las cosas no son como nos las cuentan. Si uno lee la obra de García Ruiz, descubrirá que hay muchos detalles que importan.

En primer lugar, la fuerza de cien españoles era del todo inusual. Normalmente, los "conquistadores" iban con apenas un puñado de hombres.

En segundo lugar, la dureza de la sentencia de Vargas era realmente excepcional. Muy excepcional: no se hacía nunca. Nunca. Lo normal era, como mucho, ejecutar al cabecilla que había alborotado a los indios. Por ejemplo, cuando los indios se revuelven y toman Santa Fe (y cometen todo tipo de crueldades con los españoles que pillan, no digamos ya contra los frailes), y expulsan a los españoles de Nuevo Méjico, las expediciones de los españoles buscan eso, al cabecilla. Al que haya hecho la mayor aberración con el cadáver del fraile. A los demás, hombres y mujeres, se les afea su actitud, se les da ropa, comida y enseres y se les anima a volver a la pacífica vida anterior que tenían. Ya hablaré de esto otro día, pero la corona española prefería en América comprar la paz antes que hacer la guerra: era más barato y eficaz. Lo que pasa es que en durante esta revuelta en concreto y el posterior primer intento de reconquista de de Nuevo Méjico este truco no funcionó y Vargas tuvo que comportarse como un guerrero.

En tercer lugar, aún no se ha contado la historia concreta. 

Vargas se había costeado de su propio pecunio una primera expedición en 1692. Esa expedición no era guerrera: se dedicó a recorrer el territorio hablando con los indios y negociando con ellos, y resultó que éstos veían con buenos ojos la alianza con los españoles: podían volver.

En 1693, ya con dinero real, Vargas recluta para el regreso al centenar de soldados mencionados. Y la mayoría de estos soldados venían con sus familias, en total setenta familias. Y los nuevos colonos. 

Y lo primero que descubre es que los indios han cambiado de opinión de un año al siguiente. Así que la marcha de Vargas se produce en un entorno hostil. Cuando llega a Santa Fe se encuentra a los indios atrincherados en el palacio  del gobernador. Es diciembre de 1693. Vargas intenta negociar durante dos semanas, pero nos cuenta García Ruiz que el adelanto de los fríos y la nieve provocaron que más de veinte pobladores muriesen por congelación, la mayoría niños de corta edad. El registro de la época de la relación que hizo el capitán dice:

«En veinticuatro días del mes de diciembre... precisado de reconocer lo riguroso del temporal y de los clamores de la vecindad de este dicho campo... vino el reverendo padre custodio con sus religiosos diciéndome que era mucha la enfermedad y que las criaturas a toda prisa se iban muriendo, que ya iba veintidós enterradas que su paternidad reverenda también se hallaba muy mal... que era insufrible el temporal que de no tener reparo dicho campo de vivienda era imposible conservarse...»

Los españoles, hombres, mujeres y niños estaban sin albergues ni chozas donde poder guarecerse, y los indios se habían apoderado de las casas reales, habiendo demolido la iglesia hasta los cimientos y todas las demás casas de los españoles. 

El día del ataque: 

«... habiendo los indios de dicho pueblo amurallado amanecido en él, constantes en su rebeldía... diciendo a voces que en breve llegarían de todas partes en su favor y que sin reservas a ninguno nos matarían y que a los religiosos los tendrían algún tiempo por sus esclavos, haciéndoles cargar leña del monte y que después los matarían a todos como lo hicieron la vez primera...»

Es comprensible, digo yo, la ira de esos soldados y sus familias contra esos indios en concreto. 

Los españoles, ya se ve, eran malísimos. Brutales mercenarios sedientos de sangre. Dicen. De lo que podemos estar seguros es de que los que dicen tal cosa, hablan por hablar, sin conocimiento de causa. 

 

 

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