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Cuando yo era mocito había un truco matemático que hacía de vez en cuando y todo el mundo quedaba epatado. Básicamente, pedía a alguien que anotara un número de tres cifras. Cualesquiera. Una segunda persona debía coger ese número y escribirlo otra vez. Es decir, si alguien pensaba el 729, debía escribir 729729. La siguiente persona debía dividir ese número entre 7, sin decirme el resultado. Sí, era divisible. La siguiente, entre 11. ¡Lo era! Y la siguiente, entre 13. Aquí ya la expectación era máxima: en efecto, podía hacerlo. Aplausos generales. En ese momento, yo cogía el papel con los números y, sin mirarlo, se lo devolvía a la primera persona: «¿Es éste el número que habías pensado?». El auditorio se venía abajo, porque lo era.
El truco, si lo piensan, era facilísimo. La primera persona piensa un número de tres cifras, digamos abc. Y la segunda lo escribe dos veces: abcabc. En realidad, lo que ha hecho esa segunda persona, sin ser consciente de ello, es sumar abc.000 + abc. O, lo que es lo mismo, multiplicar abc por 1001.
Pues bien, 7 x 11 x 13 = 1001. Es decir, ha multiplicado el primer número por siete, por once y por trece. Con razón el número doblado era divisible por los tres, y así se entiende que el cociente de la división fuera el primer número, abc.
¡Qué truco más fácil!, ¿verdad?
Y sin embargo hoy en día es irrepetible.
La primera de las razones es que ya nadie lleva encima un bolígrafo o un lápiz, y tampoco suelen estar a mano en los salones de las casas (salvo la mía). ¿Para qué?
La segunda de las razones es la misma, en realidad: tampoco hay hojas de papel en las que hacer el truco. Si no hay útiles para escribir en papel, no tiene sentido que haya papel.
Pero lo más triste es la tercera razón:
Nadie sabría dividir. Ni por 7, ni por 11, ni por 13. Todo el mundo sacaría el móvil y buscaría la aplicación de calculadora, los mayores, o le preguntarían a la IA de Google el resultado, los más.
Se ha perdido la habilidad de dividir.
Y lo puedo afirmar, porque he estado con ingenieros calculistas jóvenes e intentado hacerles este truco, y siempre me ha ocurrido lo mismo: no saben dividir. Insisto, no hablo de jueces o periodistas, que se sobreentiende, hablo de ingenieros. De ingenieros calculistas, nada menos. No saben dividir un número por siete.
Era de esperar: con las calculadoras se perdió la habilidad de calcular raíces cuadradas, y al final, ha caído ya la de dividir. La siguiente será la de multiplicar, luego la de restar, y... en fin, ya se imaginan. Como en el cuento de Asimov "La sensación de poder", de 1958. Pueden leer el texto completo en este enlace de Ingeniería y Educación y decirme si no se veía, en 1958, lo que nos iba a pasar. ¡Y eso, con las computadoras que existían en 1958, ey!
Nos gusta creer que la tecnología nos hace más poderosos, pero conviene no confundir la potencia del dispositivo que llevamos en el bolsillo con nuestra propia capacidad intelectual. El día que se vaya la luz, descubriremos que el verdadero analfabetismo del siglo XXI no era no saber programar, sino haber olvidado cómo se divide por siete.
Y si no me creen, lancen la prueba en su próxima reunión familiar o de amigos. Pidan un papel, busquen un bolígrafo y propongan una división a mano. Comprobarán, con horror y entre risas, que el verdadero truco de magia hoy en día es encontrar a alguien que recuerde cómo se hace.
Henry Mancini - Peter Gunn
