martes, 27 de octubre de 2026

Elsa

https://www.youtube.com/watch?v=fRWM_9K9OJ8 

 

 

Siempre pensamos en las fronteras como líneas en los mapas o cabinas de peaje ya en desuso. Sin embargo, hay fronteras invisibles que solo se descubren en esos momentos en que la fiesta alcanza el punto donde todo pide cantar. Como aragonés afincado en Cataluña, daba por hecho que el repertorio de supervivencia nocturna —esas canciones tradicionales, gamberras y populares que se heredan de generación en generación sin pasar por ninguna lista de éxitos— era universal. Me equivocaba. Es asombroso ver cómo la juventud catalana ignora por completo los himnos con los mis amigos y yo nos dejábamos la voz. Aunque me entra la duda de si lo importante es la comunidad o la edad, porque con los años he preguntado a muchos catalanes de mi edad, y no: ellos no saben qué le pasa al vino de Asunción, lo que nos ha dicho el alcalde de no sé qué vacas y la advertencia que se le da a María para que no se escapen las cabras. Aquí nadie sabe qué tengo dispuesto en mi testamento, y sólo a unos pocos les suena de dónde vengo por toda la orilla.

Mi reflexión es que aquí, en realidad, se canta poco. No se canta con las sardanas, no se canta cuando se levantan castells, no se canta en los pasacalles. Se cantan habaneras, sí, en las localidades de costa, pero como en tantas localidades costeras fuera de Cataluña; y, con la temática de Cuba y similares, más parece una música importada que autóctona.

Es curioso, ¿verdad? Pero no es de las canciones de borrachos de lo que quiero hablarles, sino de otro fenómeno que aquí también les parece de marcianos: las tunas. Y que conste que en Barcelona hay todavía tunos, que los he visto yo, pero son algo ajeno a la cultura popular: cuesta encontrar un universitario que sepa cantar Clavelitos, por ejemplo. Fonseca, con sus calles mojadas que parece que llovió, o Estudiantina de Madrid.

A menudo me pregunto si esta gente vivió o no. ¿No fueron jóvenes? Los que fueron a la Universidad, ¿no se divirtieron?

Las canciones de la tuna nos retrotraen a todos los que las cantamos a la época en la que éramos jóvenes. Jóvenes y felices que nos íbamos a comer el mundo. Nos hacen recordar esos tiempos  en los que la vida era maravillosa, esos tiempos maravillosos. Cuando me reía con mi cuñado, tuno tunante, que cantaba muy bien y tocaba la guitarra de maravilla, pero que la bandurria no la dominaba tanto como para cantar a la vez y eso le frustraba.

Todo esto viene a cuento de la canción cuyo enlace he puesto al inicio de este artículo: Elsa. Una canción de tuna preciosa. Realmente precioso. La música de tuna no tiene prestigio, lo sé, y todos lo asociamos con la diversión universitaria, y sin embargo alberga auténticas joyas. Como Elsa. Escúchenla, y convendrán conmigo en que es una canción inolvidable. Una de esas composiciones capaces de detener el tiempo con unos acordes de guitarra y dulces melodías. Sus versos nos devuelven de golpe a la emoción de la juventud, a esa estampa clásica del tuno que ronda una ventana abierta bajo las estrellas, con la mirada fija en los ojos de una mujer y luciendo con orgullo en la capa una cinta bordada por sus manos con todo el sentimiento. Es una obra lírica monumental que demuestra que, bajo la aparente capa de la juerga y el jaleo de pasacalles, la tradición de los estudiantes esconde una sensibilidad inmensa. Una auténtica joya oculta que se te graba a fuego en el pecho y te estremece el corazón. Que nos hace a todos desear volver a ser joven y cantarle a la dueña de nuestros corazones. 

 

 

Manolo Dueñas