sábado, 6 de junio de 2026

La vergüenza es la autoestima en la que uno valora su propio honor, su propia dignidad. A sí mismo. La conciencia que uno tiene, la nota que uno se da a sí mismo. Las cosas, si se hacen (o no) por vergüenza, es porque uno prefiere hacerlas antes que admitir que no (o que sí) las ha hecho. O que hacerlas mal o no tan bien como uno estima que debería hacerlas, si las hiciera (cantar, bailar, hablar otro idioma o en público,...). Por el contrario, alguien sin vergüenza, al realizar ciertas cosas (o dejar de hacerlas), revela que valora en muy poco su buen nombre. Aunque también pudiera ser que esa persona no temiera al fracaso, hasta el punto de que lo que a él le daría vergüenza no es hacerlo mal, sino no intentarlo: que no se diga. Y es que a veces lo importante es la actitud.

El principal valor del español, sea consciente o no de ello, es su honor. Su fama, su buen nombre. 

 

Así empezaba esta entrada que escribí hace unos años. ¿Por qué lo traigo ahora a colación? Porque lo que está pasando en España no va de corrupción. No va de delitos, de apropiaciones, de chorizos, de aprovechados. Va de vergüenza.

O las personas que nos gobiernan, e incluyo a los altos puestos del Estado, lo dejan y se van, por vergüenza, dignidad, u honra, lo que prefieran, "porque yo no he venido aquí a que se ponga en duda mi honor", o es que son parte de una mafia. Y ya no queda duda posible, pues ninguna persona decente estaría dispuesta a que la asociasen con facinerosos.

Si las personas que nos gobiernan son unos facineroso, ¿qué hacemos?

La Historia está llena de ejemplos de pueblos que fueron gobernados por personas sin escrúpulos y el pueblo no reaccionó o cuando quiso ya era demasiado tarde.

Esto no va de la izquierda y la derecha. Esto va de ellos o nosotros. ¿Cuál es su bando?