lunes, 13 de julio de 2026

Maestros semianalfabetos

https://www.youtube.com/watch?v=oapGTOJRFSw 

 

 

Parece ser que en unas oposiciones públicas a maestros un elevado porcentaje de los que se presentaron suspendieron el examen por faltas de ortografía. Con el esperable revuelo y diferencia de opiniones. Unos se escandalizan: los que han de enseñar a escribir no saben escribir. Otros se escandalizan: esos chavales (los aspirantes a maestros son ya chavales) han sacado notas excelentes en ESO, Bachillerato y Universidad; ¿cómo es que ahora cometen faltas de ortografía? Otros, en cambio, opinan que tampoco es para tanto: total, hablamos de ortografía. En los tiempos de los autocorrectores, de los traductores voz-escritura y de la IA.

Todos tienen su parte de razón. Ignoro si también la tienen los que dicen que estas cosas han pasado siempre y que "siempre" se ha suspendido a maestros por faltas de ortografía (a la mitad, más o menos, de los que se presentan). 

A los maestros les pedimos poco. Que enseñen a leer y a escribir, las 4 reglas aritméticas y poco más.

En realidad, lo de la aritmética lo pedimos cada vez menos. A sumar, tal vez. A restar, a lo sumo, y pare usted de contar. 

Que enseñen a escribir, se les pide lo justito. Una caligrafía básica, apenas legible, y la ortografía elemental. Con eso nos conformamos. Y no les falta razón a los que dicen que en los tiempos que corren no se necesita más. Como enseñanza básica, ya les está bien: quien quiera más, que vaya a la universidad. 

Y que enseñen a leer. De nuevo, nivel básico. Textos cortos de frases simples, poco elaboradas, léxico vulgar, 800 palabras en el mejor de los alumnos. Repito, enseñanza básica. Para proezas mayores, la universidad. 

En realidad, lo que pedimos a los maestros es que cuiden a los niños mientras los tenemos allí. Si de paso aprenden algo, bienvenido sea. Pero, para aprender, la ESO. El bachillerato. Y, si quieren más, la universidad. Total, lo que yo aprendí ya lo he olvidado, y aquí estoy. Si llevo veinte años sin necesitar escribir nada más complejo que un whatsapp, el subtitulado de un vídeo de TikTok o un mensaje de Instagram, de qué me sirve haber leído el Quijote. 

Lo cierto es que los candidatos a maestro no son, por usar la expresión estadounidense muy popular hoy en día, "los lápices más afilados del estuche". No son los mejores estudiantes, nunca lo han sido. Ésos suelen llegar a médicos, notarios o ingenieros; magisterio es una salida para los mediocres. Que los graduados cometan muchas faltas de ortografía, en los tiempos que corren, era de esperar. Que algunos tribunales hayan decidido que basta ya de tragaderas y los hayan suspendidos… bueno, algunos dirán que ya era hora y otros dirán que cómo que es que ahora se ponen tan estupendos. 

Porque esos cuasianalfabetos resulta que tienen expedientes académicos impecables. Y notazas en el examen de ingreso a la universidad. Y se han sacado la carrera de maestros: ¿cómo es que ahora un tribunal dice que no valen para maestros? ¡Pero si tienen un título universitario que dice que sí! 

Es extraño, ¿no? 

Me temo que magisterio es una de esas carreras universitarias en las que no pedimos un conocimiento real. A diferencia de los médicos o los ingenieros, por citar un par de las que preferimos estar seguros de que de verdad saben. Ya les aseguro yo que, en lo que respecta a los grados de ingeniería, salen sin saber. Y eso en uno de los que más exigimos que no sea así: no quiero ni pensar lo que debe ser en los que no exigimos. Lo que ocurre es que el conocimiento que da la universidad es como el que dan los maestros en primaria: básico, muy rudimentario. Lo justo para decir que se ha dado algún conocimiento. ¿Las notas? Una engañifa. Una engañifa que aceptamos todos, salvo en medicina porque ahí sí notamos que nos afecta directamente. Salvo en medicina, insisto... salvo que también ahí nos estemos engañando y nos neguemos a reconocer que los médicos son cada vez peores. Mi experiencia personal es que el médico de familia que me ha asignado la Administración jamás me ha curado nada, cada catarro ha necesitado los preceptivos 7 días.

La engañifa de las notas es evidente, y se hace pública cada año cuando se publican los resultados de las pruebas de acceso a la universidad: todo el mundo tienen unos resultados realmente brillantes, y como todo el mundo saca sobresaliente, las diferencias están en las milésimas. ¿Y si exigiéramos a los profesores de bachillerato que pusieran el listón que en principio se espera? Nos contestarían que no aprobarían el 10%. Que el material que les llega de la ESO es muy malo. ¿Y si exigiéramos a los de la ESO lo mismo? Nos dirían que con lo que les llega de primaria no hay nada que hacer. ¿Y a los de primaria? Esos no se pueden quejar, pues no hay enseñanza obligatoria antes  (creo). Pero es que estos son los maestros.  Viendo a los maestros, no sé qué esperamos de sus alumnos. Y luego está lo que nos dirían todos los estamentos implicados, de la universidad a la enseñanza primaria: que si suspenden a los alumnos se están buscando problemas. Problemas con la administración, con los alumnos y con las familias de los alumnos. Nadie se mete en la enseñanza para afrontar problemas, y por otra parte no tardarían mucho, los profesores, en ser expulsados: la comunidad educativa no quiere profesores que les exijan. Para que se me entienda: puede que los padres sí quieran profesores que exijan a los alumnos, ¡pero no a sus hijos! Todos queremos que nuestros médicos e ingenieros hayan superado los más rigurosos procesos de educación, pero nos referimos a los demás. Los que nos curen y los que calculen nuestras casas, no los alumnos que tenemos delante.

Y con esta actitud nos pasa lo que nos pasa. 

 

Cerca de mi casa hay una escuela pública. Con pancartas en la fachada en defensa de una educación feminista, que nos hace más iguales, y cosas así. Los maestros de esa escuela, claro, quieren más dinero y menos niños. Y tendrán ambas cosas, tarde o temprano. Lo que no tendrán será mi respeto. Y luego, cuando vengan llorando que qué duro es lo suyo, que cuántas depresiones sufren, que los alumnos y los padres de los alumnos y la sociedad entera no les respeta y que no se les valora y todo eso, pues yo sólo podré espetarles que qué esperaban. Lo dicho, no son los lápices más afilados del estuche.

 

 

 

Rocío Jurado - Lo siento, mi amor 

miércoles, 8 de julio de 2026

Cómo hacer un apeo (IV): el consejo final

 https://www.youtube.com/watch?v=wCIrPJ6SBl4

 

 

Hace casi 10 años escribí una serie de entradas sobre cómo hacer los apeos. Diez años después, hay que hacer una actualización. No es que las entradas hayan envejecido mal, es que para sorpresa de muchos, hemos evolucionado en el sentido que preveían los más agoreros.

Así que toca una entrada adicional con un consejo final.

El otro día estuve presente cuando se ejecutaba un apeo proyectado por mí. En un momento dado, el obrero empezó a picar la pared de carga en la que queríamos abrir el hueco de paso, justo debajo de una de las asnillas. Llamé al encargado y, además de pedirle cortésmente que ordenara a su obrero que parara lo que estaba haciendo, le expliqué algunas cosillas que estaban haciendo mal.

En primer lugar, yo no había comprobado el apuntalamiento. No había comprobado que los puntales estaban apretados.

No lo había comprobado, porque los puntales no estaban aún puestos. No todos. En el lado en que estaba yo, de las 7 asnillas habían apuntalado 4. En el otro lado, dos. 

En segundo lugar, los puntales estaban puestos, no apretados. El primer cascote que cayó golpeó la base de uno de los puntales, y lo sacó del sitio.

En tercer lugar, las asnillas estaban mal puestas. Tenían que estar centradas, y las habían puesto que apenas sobresalían por el otro lado. Es que así, me justificó el encargado, tenían más espacio para trabajar en el lado principal. Ya, pero cuando cada puntal ha de soportar 14 toneladas, como era mi caso, la posición exacta de cada puntal cuenta.

A estas alturas el encargado estaba ya un poquito preocupado. Esto ya no se solucionaba con una bronca a los obreros. 

En cuarto lugar, no podían empezar a picar la pared hasta que yo lo autorizara. 

Les dejé un rato para que reajustaran los puntales. Tras lo cual vino el encargado a decirme respetusamente que ya podía inspeccionar los puntales.

Habían puesto las asnillas 32 cm más bajas. En mi plano figuraba la cota de las vigas que tenían que ir debajo (HEB320), no la de las asnillas: no es una cota exacta, pueden quedar unas un poco más altas que otras, y es responsabilidad del jefe de obra y del encargado establecer a qué altura las ponen para que la cota que yo marco en mi plano se cumpla. Pues bien, se habían confundido y creyeron que yo marcaba la altura de las asnillas. Al mirarlo más tranquilamente, se dieron cuenta de su error. No me discutieron.

Vamos a agravar la situación: el día anterior había ido el aparejador a controlar el proceso, y fue quien me informó que las asnillas ya estaban puestas (y que, por lo tanto, el apeo se iba a ejecutar al día siguiente). Yo me fie del aparejador, y no tuve especial interés en comprobar que estuvieran bien. No debí hacerlo. Ni detectó que las asnillas estaban cortas por un lado y largas por el otro, ni que estaban bajas. Cuando llegué yo, no tenía en mente mirar esas cosas; de todas formas, el mortero ya estaba endurecido y no había nada que hacer.

Yo había ido a la obra en varias ocasiones. Siempre para preparar bien el apeo de marras, era muy delicado y quería que se hiciera bien. Le insistí mucho a la constructora. Quería el calendario de ejecución, los pasos que seguirían, el plan de apuntalamiento, todo. Por escrito. Y les dije varias veces que podían contar conmigo para ayudarles a planear todo aquello, que no podrían apuntalar hasta que yo no hubiera aprobado su propuesta, etc. Habíamos hecho catas para determinar cómo era la pared y una prueba previa en otro tramo para estimar cuánto les costaría picarla y qué herramientas eran las más adecuadas. Le había explicado al encargado la mejor manera de llevarlo a cabo, dónde poner las vigas, qué precauciones tomar, habíamos hablado de cómo gestionar los escombros,... No sé qué más podía haber hecho.

¿Qué fallos se cometieron?

Para empezar, los días clave el jefe de obra no apareció por la obra. Ignoro la razón, pero el encargado estaba solo para atender todos los frentes.

El encargado estaba enfermo: un dolor de muelas tremendo, su principal preocupación era conseguir una receta de antibióticos.

Aparejadores y arquitectos brillaban por su ausencia. Lo que se iba a hacer era un tema estructural, no cosa de ellos.

La cuadrilla que habían contratado estaba formada por un nativo, dos sudamericanos y Mohamed, el chaval que empezó a picar la pared cuando aún no debía.

¿Qué ocurrió?

Si me preguntan a mí, no tenían suficiente experiencia. Habrían realizado apeos antes, pero naderías. Cosas muy sencillas. Éste en concreto era demasiado complejo para ellos. No, complejo no. Era demasiado serio para ellos. Los fallos que suelen cometer, en los apeos normales no tienen gran importancia. En el mío, sí. 

Y, sin embargo, se las daban de muy buenos.

Sí, muy buenos... de 2026. En 2016 se les habría considerado unos principiantes a todos.

Es patente, es terrible, es notorio cómo ha evolucionado la capacidad técnica de los que trabajan en las obras. Cuánto escasea el talento. Se dice a menudo, pero es que es verdad.

Lo que me pasó a mí es que no tenían el talento que yo creía que tenían. Había proyectado para personas que conocen su oficio, dadas las instrucciones que a ellos les habrían bastado. A los de 2026 no les bastaban.

Así que ahí va mi consejo final cuando de apeos se trata: esté usted presente. Y no me refiero a un pasarse por la obra. No, esté desde el punto de la mañana hasta que hayan terminado. En los apeos es donde usted se la juega. Un fallo puede tener consecuencias muy serias, y un fallo menor puede generarle a usted muchos quebraderos de cabeza. Así que no se arriesgue. Esté presente y compruébelo todo.

Aunque sea usted un hombre muy ocupado y tenga otras cosas que hacer. Ese día, su prioridad ha de ser el apeo. 

 

 

Laurie Sargent & Holly Sherwood - Tonight is what it means to be young 


 

lunes, 6 de julio de 2026

AP-7: se les ha ido de las manos

https://www.youtube.com/watch?v=eGczfTHyIrs 

 

 

La principal y primerísima obligación de los gobernantes de una región o comunidad autónoma es garantizar la movilidad en su territorio. Todo lo demás, si me apuran, es secundario: si hay movilidad, vendrá por añadidura. Por supuesto que hay muchas otras cosas muy importantes que de las que pueden encargarse, como gestionar bien las licencias de caza y pesca, pero eso lo han de hacer en el tiempo libre que les deje garantizar la movilidad. 

En Cataluña nos hemos especializado en perder el tiempo dedicándonos a las cosas menos importantes en vez de a las que lo son más. Por resumir, no les importan las cosas: les importan que sean en catalán. Y así nos va. 

Hará unos 30 años, creo que más, se inauguró el primer tramo de la C-32, puede que entonces se llamara A-16. La autopista de Barcelona a Sitges. Y ese primer fin de semana se colapsó de mala manera. Anunciando los superatascos que iban a ser nuestro pan de cada día. Recuerdo que el responsable del gobierno de Pujol trató de justificarse diciendo que en el tiempo que se había tardado en construir se habían matriculado en Barcelona coches suficientes para cubrir toda su superficie. Para él, era su justificación. Yo, como ingeniero, pensé que aquello probaba que la habían infradimensionado, la habían hecho de pocos carriles ya desde el principio. Supongo que los ingenieros y los políticos vemos la realidad desde perspectivas muy diferentes. Pero no era consciente, entonces, de lo inútiles que iban a ser en este tema.

El otro día fui a Tarragona, a una obra. Entre salir de Barcelona y aparcar en Tarragona (la obra es en el centro) necesito casi media hora, lo que sumado a una hora de autopista (120 km por la autopista AP-7, de tres carriles y sin peajes) hace hora y media de trayecto. El otro día necesité tres y tres cuartos. El regreso lo hice en dos horas y media.

Sí, hubo accidentes. Como cada día. El primero por la mañana fue en la cuesta de Martorell, dos camiones, creo. Uno de ellos llevaba bidones de pintura y hubo que limpiar la calzada. El otro fue en la unión con la autopista C-32, creo. Un turismo choca con un trailer lleno de botellines de cerveza que se desparraman por la calzada. Y hay que retirarlos, claro. Aquí, directamente, se decidió cortar la autopista. Imagino que de forma meditada. Pero no habilitaron ningún carril en la calzada opuesta (que era de tres carriles) para sortear los metros accidentados. No, cortada la AP-7. Y búsquese usted la vida. El resultado fue el colapso de todo camino asfaltado del norte de la provincia de Tarragona. Por lo menos. Cuando regresé por la tarde ya habían abierto algún carril, pero el atasco seguía. 11 horas y media, tengo entendido. Claro que lo que me retuvo por la tarde no fue ese accidente, sino otro que hubo antes de llegar a Martorell y que a mí me paró 8 ó 9 km antes.

He estado en incontables atascos en esa autopista entre Barcelona y Tarragona. Es el tramo que utilizo, pero tengo entendido que el tramo Barcelona-Francia es mucho peor, y la circunvalación de Barcelona por Sant Cugat es un fijo en cualquier parte de tráfico. En cualquier día laborable se pierden en los accesos a Barcelona por retenciones un número de horas-hombre escandaloso: el monto anual seguro que explica la baja productividad española.

Los políticos culparán de los atascos a los accidentes. Los accidentes no son culpa suya, y los demás tontos, que les creen, quedarán convencidos de que los políticos no tienen la culpa. Sin embargo, sí es culpa de los políticos que los accidentes causen tales atascos. O las obras, o que salen todos a la vez, o lo que sea que planteen como causa. Pero no se producen atascos al evacuar el Camp Nou, por ejemplo: está diseñado para que no los haya. Y si se hacen obras en una de las vías de evacuación, se buscan alternativas con tiempo suficiente. Lo de los políticos es como si el general se excusa al perder una batalla echándole la culpa al enemigo, que ha peleado. Oigan, accidentes hay y los va a haber. Y se van a hacer obras. Pero no ahora, es que va a haber accidentes y obras en 2030, 2035, 2040... Siempre va a haberlos. Si usted, señor gobernante, tuviera dos dedos de frente o voluntad de hacer bien las cosas, tomaría las medidas ahora. No cuando ocurre el accidente. No se prepararía para actuar cuando hay un accidente (bueno, eso también), sino para que cuando lo haya, la movilidad no se resienta. O se resienta lo menos posible.

Hace treinta y pico años ya eran muy normales los atascos. Antes no sé, porque no vivía por aquí. Pero entonces lo eran tanto que... recuerdo una vez, en un taxi en Barcelona. En un atasco, cómo no. El taxista tenía la radio, y la tertulia del programa versaba sobre lo que había hecho la gente en esas retenciones eternas típicas de los domingos por la tarde. Llamó una señora, y contó que había hecho el amor con el conductor. Lo que quiero decir es que ya entonces los atascos eran el pan de cada día, y ya entonces los ciudadanos estábamos hartos de ellos. Pues lo siguen siendo. No han sabido, los gobernantes, ocuparse del tema, se ve que han tenido otros que han considero más interesantes de los que ocuparse. Y eso que el político que resuelva el tráfico es el que de verdad debería tener plazas y avenidas por doquier, y no Companys. 

La AP-7, en concreto, se les ha ido de las manos. Soporta demasiado tráfico, y no tienen ningún plan B, sólo el plan A: echarle la culpa a los demás.

 

 

Vince Gill - What you give away