https://www.youtube.com/watch?v=XjTMuTqDirA
Nicolás Maduro está en una cárcel en Nueva York, parece ser que una cárcel con no mucha seguridad interna y en la que se ingresa a delincuentes de la peor ralea aunque sin duda allí no pasan las cosas que pasan en las cárceles y centros de detención favoritos de Maduro, valga decir el famoso Helicoide. Está acusado de diversos delitos de la rama del narcotráfico y de expedir pasaportes diplomáticos a personas que no eran merecedoras del mismo y, en fin, ya veremos a qué trato se llega.
Así pues, lo de Maduro es una buena noticia. Ahora, hablemos de Trump.
No sé porqué lo ha hecho. Es como si (ambientémonos en las típicas series estadounidenses de institutos) hubiera un abusón robándonos el dinero del almuerzo, y apareciera un matón mucho más grande, le diera una paliza y ya no tuviéramos al abusón. Pero resulta que el supermatón no ha apalizado al abusón para proteger a los alumnos, lo ha hecho por motivos que los alumnos no conocen. Con Trump, lo mismo.
Ahora bien: esto de Maduro ha venido precedido por una temporada en la que por órdenes de Trump su ejército bombardeaba y hundía lanchas de narcotraficantes venezolanos. Es como si los policías, ante las sospechas (vale, fundadísimas, pero sospechas) de que tal tipo es un delincuente, le dispararan nada más verlo. Sin juicio, sin presunción de inocencia, sin posibilidad de dudas razonables. Sí, a todos nos encorajina la impotencia de la policía en muchos delitos y ante muchos delincuentes, pero queremos vivir en una sociedad con esas reglas; y, si se van a saltar o modificar, queremos que haya límites que no se puedan cruzar. Lo que ocurre con Trump y las lanchas de narcotráfico, me temo, es que los límites de Trump parecen mucho más allá de los límites que no queremos que se crucen.
Y esto del narcotráfico lleva a decidir que se quiere juzgar a Maduro, imagino que para dilucidar si es o no culpable, y montaron todo lo que montaron para secuestrarlo, sacarlo del país y llevarlo al suyo sin todos los privilegios a los que en principio tendría derecho. Que se podrá discutir si tenía derechos o no, pero digo yo que esa discusión se debería realizar antes de violarlos, no después.
A Trump le da igual Venezuela y los venezolanos; es más, tengo para mí que como María Corina Machado ha ganado el Nobel de la Paz de este año y Trump quería que se lo dieran a él, por inquina se negará a que ella gobierne. A Maduro lo quería por alguna otra razón, y eso a él le bastaba.
El problema es que, parece, para Trump, el fin justifica los medios. Y nuestra sociedad se basa en el principio opuesto: el fin NO justifica los medios. De hecho, la mayoría de los delitos son por los medios que se emplean para conseguir los fines. Lo que pasa es que en nuestra sociedad nos organizamos de manera que alguien castiga que los medios no sean aceptables: los padres en la familia, los maestros en las escuelas, los mandos en las organizaciones, los policías y jueces en las sociedades civiles, los mandamases en los países… y hasta ahí: nadie controla a los mandamases, como muestra el ejemplo de Maduro y el Helicoide o lo que está pasando en Afganistán. Tras la Segunda Guerra Mundial, el mundo libre ha confiado y exigido a EE.UU. que ejerciera como gendarme mundial, aunque hay que reconocer que su intervención en algunos desafueros ha sido quizá peor que el desafuero que quería corregir: Vietnam, Irak o Afganistán nos vienen enseguida a la memoria, pero la lista de intervenciones es muy larga. Y, sin embargo, Venezuela era un caso claro en que todos estaríamos deseando que EE.UU. interviniera de una vez y le dijera a Maduro que basta ya, que reconozca los resultados de las elecciones y se largue pitando a donde tenga escondido su botín. Lo que no esperaba el mundo libre es que el presidente de los EE.UU. fuera alguien como Trump.
En esencia, Trump no es diferente a Putin. O al mandamás de China, no sé cómo se llama. La diferencia es que EE.UU. no es, por fortuna, como Rusia o China; ¿pero Trump? Si por él fuera…
Para Trump el fin sí justifica los medios. Y mentirá todo lo que necesite, ocultará todo lo que necesite y se saltará cualquier convención o acuerdo que le moleste y pueda saltarse. Nos toca aguantarnos y confiar en que no vuelva a pasar; también, en confiar en que Trump desaparezca de la escena y las riendas de su país vuelvan a alguien para quien el límite en el que el fin sí justifica los medios esté mucho más lejos. Lo terrible del caso es que, como Trump va a salir de rositas con esto de Venezuela (insisto, en este caso concreto y hasta ahora todos nos alegramos)… ¿y si se envalentona más aún? De hecho, podríamos recordar 1898, el motín del Caine, Filipinas y todo eso: tienen un completo historial de haberse metido donde les ha dado la gana meterse, aunque pensábamos, hasta que llegó Trump, que todo eso había quedado atrás. Tal vez decida dar el paso con Groenlandia, con Canadá o con lo que en ese momento le apetezca (por ejemplo, que decida que quiere una base naval en Menorca… o la isla entera), aduciendo que es “clave para la seguridad nacional”. Si se diera el caso, me temo que si no contraría a Putin y al chino (o no llegan a un acuerdo de esto por mí y eso por ti), ¿quién se le va a oponer? Ya digo, de momento EE.UU. es mucho EE.UU. y todavía lo controla, pero… Él, desde luego, lo va a intentar. El zafarse de ese control, quiero decir. Ya veremos. En geopolítica, me temo, rige la ley del embudo en el que el más fuerte dicta qué lado del embudo nos toca. Y los países occidentales, en esto, vamos de julais. Estamos satisfechos con nosotros mismos, convencidos de que hacemos lo correcto, pero ante esos tres somos unos pánfilos.
Por cierto: ¿y nuestro autócrata local? ¡Ah, a éste sí le tenemos bien calado! Sí, nuestro desgraciado local también querría ser de la partida; suerte que no puede.
Marc Miner - Get up
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