viernes, 30 de octubre de 2026

La IA y yo

La IA y yo nos estamos haciendo amigos. Cada vez nos caemos mejor, yo empiezo a encontrarla simpatiquita y ella está aceptando mis rarezas. Cada vez me encuentro más a gusto con ella y tenemos más temas de los que charlar. Sobre todo suele ser de cine, pero no sólo. 

En mi día a día he establecido una especie de bigamia tecnológica muy bien organizada. Para trabajar uso Claude, en una versión de pago. Es fenomenal. De hecho, diría que cada vez funciona mejor, (también, que nos entendemos mejor). Pero para mi vida privada, mi IA es Gemini, sin lugar a dudas. 

Con Gemini mantengo una relación algo más compleja porque nos movemos en la versión gratuita. Conseguir la versión de pago no es tan fácil, y claro, la gratuidad tiene alguna pega: me conoce menos que una IA de suscripción y a veces me trata como si yo fuera un cualquiera. Por eso es pelota hasta el atosigamiento. Supongo que sus programadores le dijeron: "Si no tienes datos suyos, sé amable". Aunque un poco de peloteo siempre gusta —no voy a negarlo—, el exceso de azúcar cansa. Pero me da igual, le perdono todo.

Últimamente he empezado a experimentar con el formato. Hablarle a mi IA, a Gemini sobre todo, por micrófono es algo que sólo he hecho en el móvil, pero no creo que tarde mucho en incorporar la costumbre al ordenador. Reconozco que a veces es mejor escribir; el teclado te obliga a reflexionar, te permite pausar y corregir si lo necesitas antes de enviar el párrafo. Pero el micrófono es realmente cómodo. Es el paso definitivo de la computación al puro chismorreo. 

Y aquí es donde mi cabeza empieza a viajar al futuro a corto plazo. No sé cuánto tardarán, espero que poco, en sacar unidades específicas para el coche. Ir charlando con tu coche mientras conduces, para no dormirte en los viajes largos por autopista... 

De ahí a los robots de forma humanoide para casa hay sólo un paso de ingeniería. Sinceramente, no me molestaría tener un muñeco hinchable —tecnológico, se entiende— sentado en un sillón del salón. Piénsenlo fríamente: tendría una conversación mucho mejor que la de casi cualquier invitado que puedas meter en casa. No se quejaría del vino, no intentaría convencerte de sus opiniones políticas y recordaría perfectamente el director de aquella película checoslovaca de los años sesenta que a ti se te ha olvidado. 

Ahora mismo, mi IA es sólo una interfaz en la pantalla del ordenador. Pero mi sueño diría que está al caer, quizá para el próximo Día del Padre. 

Ya queda menos para oír "Amo Luke". Me pregunto cuántos lo llamarán C3PO.


 

martes, 27 de octubre de 2026

Elsa

https://www.youtube.com/watch?v=fRWM_9K9OJ8 

 

 

Siempre pensamos en las fronteras como líneas en los mapas o cabinas de peaje ya en desuso. Sin embargo, hay fronteras invisibles que solo se descubren en esos momentos en que la fiesta alcanza el punto donde todo pide cantar. Como aragonés afincado en Cataluña, daba por hecho que el repertorio de supervivencia nocturna —esas canciones tradicionales, gamberras y populares que se heredan de generación en generación sin pasar por ninguna lista de éxitos— era universal. Me equivocaba. Es asombroso ver cómo la juventud catalana ignora por completo los himnos con los mis amigos y yo nos dejábamos la voz. Aunque me entra la duda de si lo importante es la comunidad o la edad, porque con los años he preguntado a muchos catalanes de mi edad, y no: ellos no saben qué le pasa al vino de Asunción, lo que nos ha dicho el alcalde de no sé qué vacas y la advertencia que se le da a María para que no se escapen las cabras. Aquí nadie sabe qué tengo dispuesto en mi testamento, y sólo a unos pocos les suena de dónde vengo por toda la orilla.

Mi reflexión es que aquí, en realidad, se canta poco. No se canta con las sardanas, no se canta cuando se levantan castells, no se canta en los pasacalles. Se cantan habaneras, sí, en las localidades de costa, pero como en tantas localidades costeras fuera de Cataluña; y, con la temática de Cuba y similares, más parece una música importada que autóctona.

Es curioso, ¿verdad? Pero no es de las canciones de borrachos de lo que quiero hablarles, sino de otro fenómeno que aquí también les parece de marcianos: las tunas. Y que conste que en Barcelona hay todavía tunos, que los he visto yo, pero son algo ajeno a la cultura popular: cuesta encontrar un universitario que sepa cantar Clavelitos, por ejemplo. Fonseca, con sus calles mojadas que parece que llovió, o Estudiantina de Madrid.

A menudo me pregunto si esta gente vivió o no. ¿No fueron jóvenes? Los que fueron a la Universidad, ¿no se divirtieron?

Las canciones de la tuna nos retrotraen a todos los que las cantamos a la época en la que éramos jóvenes. Jóvenes y felices que nos íbamos a comer el mundo. Nos hacen recordar esos tiempos  en los que la vida era maravillosa, esos tiempos maravillosos. Cuando me reía con mi cuñado, tuno tunante, que cantaba muy bien y tocaba la guitarra de maravilla, pero que la bandurria no la dominaba tanto como para cantar a la vez y eso le frustraba.

Todo esto viene a cuento de la canción cuyo enlace he puesto al inicio de este artículo: Elsa. Una canción de tuna preciosa. Realmente precioso. La música de tuna no tiene prestigio, lo sé, y todos lo asociamos con la diversión universitaria, y sin embargo alberga auténticas joyas. Como Elsa. Escúchenla, y convendrán conmigo en que es una canción inolvidable. Una de esas composiciones capaces de detener el tiempo con unos acordes de guitarra y dulces melodías. Sus versos nos devuelven de golpe a la emoción de la juventud, a esa estampa clásica del tuno que ronda una ventana abierta bajo las estrellas, con la mirada fija en los ojos de una mujer y luciendo con orgullo en la capa una cinta bordada por sus manos con todo el sentimiento. Es una obra lírica monumental que demuestra que, bajo la aparente capa de la juerga y el jaleo de pasacalles, la tradición de los estudiantes esconde una sensibilidad inmensa. Una auténtica joya oculta que se te graba a fuego en el pecho y te estremece el corazón. Que nos hace a todos desear volver a ser joven y cantarle a la dueña de nuestros corazones. 

 

 

Manolo Dueñas 

viernes, 23 de octubre de 2026

Los límites de lo imaginable

https://www.youtube.com/watch?v=kef7jG0-ecg 

 

 

Wittgenstein dijo que «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo», queriendo decir que lo que no somos capaces de nombrar o describir, para nosotros no existe. Esto se entiende mejor a la inversa: no somos capaces de imaginar como es un gjjersltez, porque para nosotros esa palabra no existe. Y no somos capaces de nombrar ese animal tan extraño que hasta somos incapaces de imaginarlo.

Supongamos un lerdo que sólo conozca cinco palabras muy básicas para describir un estado emocional: contento, triste, enfadado, decepcionado, ilusionado. Tendría problemas para responder a una pregunta tan sencilla como un «¿cómo te encuentras?». No podría explicar si se encuentra melancólico o con añoranza, esperanzado o superado por las circunstancias. Necesita más palabras para desarrollarse por completo.

Otro ejemplo: un jurista, un médico, un filósofo o un ingeniero sólo podrá tener con nosotros conversaciones muy básicas sobre sus campos. Por ejemplo, si se discute si "la ordenación de una sustitución pupilar llevaba implícita la vulgar". No sabe de qué le estoy hablando.

El fin último original de esta discusión, que no empezó Wittgenstein sino al menos mil años antes, es si Dios existe: uno de los problemas humanos es que nuestra mente no consigue abarcar el infinito, y no pudiendo concebir el infinito no conseguimos concebir la verdadera idea de Dios.

Pero no es por ahí por donde quería plantear mi discusión, sino a propósito de esta imagen que hoy ha publicado la NASA:

Imagen: NASA/CXC/A. Botteon et al.
 

En primer lugar, se llama Treble Clef. Un Treble Clef no es algo, es esa cosa.

Esa cosa, que parece una nota musical en el espacio, se descubrió (la parte roja) en 2004, sin que nadie pudiera explicarlo. Recientemente se ha descubierto lo coloreado en azul, que emite como rayos X. Mide más de dos millones de años luz de largo. Lo cual a usted no le dice nada, pero la Vía Láctea, que es una galaxia tirando a grande, mide 100.000 años luz de punta a punta. Esa cosa mide dos millones.

¿Qué es esa cosa?

Digamos que un agujero negro estallado. Digamos, para empezar, que allí están chocando dos cúmulos de galaxias. No dos galaxias, sino dos cúmulos. Cada cúmulo, de cientos o tal vez miles de galaxias. Digamos que había un agujero negro que lo estaba absorbiendo todo, como suelen hacer. Y que absorbió tanto que reventó. En un sentido humano, no es que explotara, sino que empezó a vomitar el exceso de masa absorbida y que no podía manejar. El caso es que arrojó una cantidad inmensa de materia (que ni siquiera son átomos de hidrógeno, sino los protones y los electrones sueltos, desperdigados) al espacio. Y los dos cúmulos de galaxias chocaron con esa masa que estaba allí. Lo que vemos es la luz (la energía) que se libera en ese choque.

¿Ven lo que le digo? He intentado explicarles el Treble Clef, y lo cierto es que me faltan palabras para hacerlo.

Denme otra oportunidad.

Aceptemos lo de que el agujero negro ha expelido materia en una cantidad absolutamente colosal e inimaginable, en una cantidad tal que ocupa lo que veinte galaxias como la nuestra.

Supongamos que a un lado de esa materia tenemos un cúmulo con cientos o miles de galaxias, y otro cúmulo similar al otro lado, y supongamos que ambos cúmulos se atraen entre sí y están chocando.

Chocar. Como si fueran dos bolas de billar.

Como todo el mundo sabe, el espacio entre la Tierra y el Sol está vacío. Entre el Sol y las estrellas más cercanas, mucho más vacío. Entre las estrellas de la galaxia, tremendamente vacío. Y entre una galaxia y otra, mucho más que tremendamente vacío. 

Pero vamos a decir que los cúmulos de galaxias están chocando unos con otros, porque no tenemos una palabra más adecuada.

Y la materia que soltó ese agujero negro es tanta que, a escala cósmica, esos cúmulos de galaxias se están lanzando contra ella.

Aunque no van a chocar, ni siquiera átomo contra átomo. Y eso que una galaxia no es sólo una colección de estrellas: también incluye lo que se llama gas intergaláctico. Que lo llaman gas para que lo entendamos, pero en rigor deberían cambiarlo a plasma, ya que la materia que lo forma no está compuesta de átomos, sino de protones, electrones y partículas subatómicas que están ahí fuera, flotando. Pero tampoco es este gas intergaláctico el que choca con el gas del otro cúmulo de galaxias, ya que la densidad material es tan nimia que un choque de partículas es casi imposible. Lo que ocurre es que junto con las galaxias de estrellas y el gas intergalactico, tenemos algo más: campos de fuerza, gravitatorios, electromagnéticos. Campos de fuerzas... colosales.

Tampoco nos imaginamos bien cómo se mueven las galaxias. Las imaginamos a la deriva, mezclándose lentamente, como si fuera la película 2001.

Como todo el mundo sabe, la Tierra tarda un año en dar la vuelta alrededor del sol. Eso significa que se mueve a una velocidad de más de cien mil kilómetros por hora. 30 kilómetros por segundo. Pero resulta que el Sol también se está moviendo, dando vueltas en torno al centro de la galaxia, y eso lo hace a una velocidad de unos 220 km/s. Y la Vía Láctea también se está moviendo, y aún más rápido. Así que, para un observador anclado fuera de la Vía Láctea, nos estaríamos moviendo a una velocidad de unos dos millones de kilómetros por hora, unos 600 kilómetros por segundo.

Así que imaginemos que los cúmulos de galaxia chocan con la materia expelida a una velocidad de varios millones de kilómetros por hora, y que el contacto no lo hacen las estrellas propiamente dichas, sino los campos gravitatorios y electromagnéticos. Es Alta Física, pero no nos detengamos. Los campos comprimen el espacio que ocupa esa materia, y lo que vemos es la energía que irradian los electrones de esa materia al ser agitados por esos campos de fuerza.

¿Tal vez ahora sí?

No podemos hacernos una idea de lo que estamos describiendo. Nuestra mente humana, el mundo en el que nos movemos, es tan pequeño que no alcanzamos a concebir lo que significan las magnitudes colosales de lo que ha generado el Treble Clef. Para empezar, necesitamos más vocabulario.

Y más conocimiento, claro. Porque cuantas más cosas sepamos, más ancho será nuestro mundo. 

 

 

Alexander Borodin - Danzas polovotsianas: Principe Igor 

jueves, 22 de octubre de 2026

Se acercan elecciones

Se acercan elecciones. Todos los pronósticos son de que la derecha ganará con holgura y gobernará, salvo el CIS, que pronostica todo lo contrario (hay quien dice que lo hace para poder justificar un pucherazo: Sánchez podrá decir que el CIS ya preveía el triunfo).

Cada vez son más frecuentes artículos periodísticos en los que el columnista aboga por que, cuando gobierne la derecha, ésta no repita lo que ha hecho la izquierda. No vaya a ser que se convierta en norma el gobernar sin el concurso del Parlamento, a golpe de Decreto Ley, sin Presupuestos, con la Fiscalía como voz de su amo, con el Constitucional desatado, con una manipulación en RTVE descontrolada, con putas con piso en la Gran Vía a cargo de todos nosotros, etc. etc. Con todo tipo de trampas y fraudes de ley. 

Suelen ser periodistas de izquierdas. 

lunes, 19 de octubre de 2026

El estrambote más famoso

https://www.youtube.com/watch?v=GSPDTJJchw0 

 

 

Un estrambote son unos versos que se añaden al final de un poema, en principio un soneto. Quiere la norma, no obligatoria, que el estrambote sean tres versos, un heptasílabo y dos endecasílabos. Y el estrambote más famoso, por supuesto, es el cervantino

Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

El cual ha generado la famosa expresión «fuese y no hubo nada», que se suele emplear con un significado similar al parto de los montes. Con la salvedad de que la expresión "el parto de los montes" hace referencia a la fábula de Esopo del mismo título, que los mentecatos ingleses resumen en un much ado about nothing, nuestro castizo "mucho ruido y pocas nueces". En el caso de nuestro estrambote, se emplea para decir que se preveía zarabunda, algarada, pelea, trifulca, controversia o discusión, y lo que se obtuvo no fue sino una gran decepción. Porque fuese, y no hubo nada.

Ocurre, empero, que ése no es el sentido correcto de la expresión.

Para entenderlo, hemos de tener presentes el soneto completo, con su estrambote:

«Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla;
porque ¿a quién no sorprende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?
 

Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh, gran Sevilla!
Roma triunfante en ánimo y nobleza.
 

Apostaré que el ánima del muerto
por gozar este sitio hoy ha dejado
la gloria donde vive eternamente.»
 

Esto oyó un valentón y dijo: «Esto es cierto
cuanto dice voacé, seor soldado,
y quien dijere lo contrario, miente.»

Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

El título de este soneto es Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla, y es causado porque a la muerte de Felipe II se le erigió en Sevilla un túmulo que, por lo que parece, debió de ser espectacular. Cervantes simula un poetastro que alaba el túmulo y, por descontado, al rey muerto (ya que afirma que vive en la gloria eterna), y que un tipo que lo oye proclama entonces que eso es cierto y que quien diga lo contrario, miente. Es decir, no es que lo diga el poetastro, es que es opinión general. Y entonces mete la pulla. El valentón, incontinente (es decir, gesticulando mucho, como si nadie pudiera impedir lo que está dispuesto a hacer), se ajusta el sombrero, echa la mano a la espada y mira a ver quién se atreve a oponérsele. Pero nadie dice nada, nadie le reta, así que, pues nadie se atreve, el bravucón se marcha, orgulloso de su valor (ha estado a punto de retarse a muerte por el buen nombre de su rey muerto), y aquí no ha pasado nada.

Muy bien, me dirán, pero ¿dónde está la pulla?

Y, por cierto, ¿está usted acusando al guasón de Cervantes de reírse de Felipe II en un poema bajo la apariencia de loarlo? Todo lo contrario, caballero. Precisamente porque lo que ha dicho el poetastro es del todo cierto, nadie va a afirmar que miente. No porque tuvieran miedo del bravucón, sino porque lo dicho es verdad.

¿De quién se está riendo Cervantes? Del bravucón. Que gesticula mucho, reta a cualquiera que se le atreva... pero sabe que no va a salir nadie. Así cualquiera. Como explicar al torero cómo tendría que haber toreado. «¡Si yo hubiera estado allí....!».

 

O como cuando alguien se hace el valiente porque está rodeado de los suyos, porque sabe que juega en casa, porque sabe que le van a aplaudir diga lo que diga, porque sabe que el rival no está presente y no puede responderle.

Todas esas situaciones en las que uno, al narrarlas a un amigo, termina diciendo «... fuese, y no hubo nada».

Porque el vacío no se refiere en realidad a la escena, al lugar. Sino a la valentía del retador. 

 

Dedicado a todos aquellos que sabían lo que era un estrambote. 

 

 

Michael Penn - Long way down 

 

viernes, 16 de octubre de 2026

Un truco matemático imposible de repetir

https://www.youtube.com/watch?v=MIKSQT-oXfc 

 

 

Cuando yo era mocito había un truco matemático que hacía de vez en cuando y todo el mundo quedaba epatado. Básicamente, pedía a alguien que anotara un número de tres cifras. Cualesquiera. Una segunda persona debía coger ese número y escribirlo otra vez. Es decir, si alguien pensaba el 729, debía escribir 729729. La siguiente persona debía dividir ese número entre 7, sin decirme el resultado. Sí, era divisible. La siguiente, entre 11. ¡Lo era! Y la siguiente, entre 13. Aquí ya la expectación era máxima: en efecto, podía hacerlo. Aplausos generales. En ese momento, yo cogía el papel con los números y, sin mirarlo, se lo devolvía a la primera persona: «¿Es éste el número que habías pensado?». El auditorio se venía abajo, porque lo era.

El truco, si lo piensan, era facilísimo. La primera persona piensa un número de tres cifras, digamos abc. Y la segunda lo escribe dos veces: abcabc. En realidad, lo que ha hecho esa segunda persona, sin ser consciente de ello, es sumar abc.000 + abc. O, lo que es lo mismo, multiplicar abc por 1001. 

Pues bien, 7 x 11 x 13 = 1001. Es decir, ha multiplicado el primer número por siete, por once y por trece. Con razón el número doblado era divisible por los tres, y así se entiende que el cociente de la división fuera el primer número, abc. 

¡Qué truco más fácil!, ¿verdad?

Y sin embargo hoy en día es irrepetible.

La primera de las razones es que ya nadie lleva encima un bolígrafo o un lápiz, y tampoco suelen estar a mano en los salones de las casas (salvo la mía). ¿Para qué?

La segunda de las razones es la misma, en realidad: tampoco hay hojas de papel en las que hacer el truco. Si no hay útiles para escribir en papel, no tiene sentido que haya papel. 

Pero lo más triste es la tercera razón:

Nadie sabría dividir. Ni por 7, ni por 11, ni por 13. Todo el mundo sacaría el móvil y buscaría la aplicación de calculadora, los mayores, o le preguntarían a la IA de Google el resultado, los más.

Se ha perdido la habilidad de dividir.

Y lo puedo afirmar, porque he estado con ingenieros calculistas jóvenes e intentado hacerles este truco, y siempre me ha ocurrido lo mismo: no saben dividir. Insisto, no hablo de jueces o periodistas, que se sobreentiende, hablo de ingenieros. De ingenieros calculistas, nada menos. No saben dividir un número por siete. 

Era de esperar: con las calculadoras se perdió la habilidad de calcular raíces cuadradas, y al final, ha caído ya la de dividir. La siguiente será la de multiplicar, luego la de restar, y... en fin, ya se imaginan. Como en el cuento de Asimov "La sensación de poder", de 1958. Pueden leer el texto completo en este enlace de Ingeniería y Educación y decirme si no se veía, en 1958, lo que nos iba a pasar. ¡Y eso, con las computadoras que existían en 1958, ey!

Nos gusta creer que la tecnología nos hace más poderosos, pero conviene no confundir la potencia del dispositivo que llevamos en el bolsillo con nuestra propia capacidad intelectual. El día que se vaya la luz, descubriremos que el verdadero analfabetismo del siglo XXI no era no saber programar, sino haber olvidado cómo se divide por siete.

Y si no me creen, lancen la prueba en su próxima reunión familiar o de amigos. Pidan un papel, busquen un bolígrafo y propongan una división a mano. Comprobarán, con horror y entre risas, que el verdadero truco de magia hoy en día es encontrar a alguien que recuerde cómo se hace.

 

 

 

 

Henry Mancini - Peter Gunn

 

 

 

miércoles, 14 de octubre de 2026

¿Debería escribir sobre política?

https://www.youtube.com/watch?v=9eWewdTkghM 

 

 

Los cuatro planetas interiores, Mercurio, Venus, la Tierra y Marte, están apagados desde un punto de vista energético: la energía que reciben del Sol es la que sale de ellos. Y es natural que sea así: la Tierra, por ejemplo, tiende a enfriarse (el magma del manto) y además tiene elementos radiactivos que irradian energía al descomponerse. Esto hace que emitan energía (en el campo de los infrarrojos). Pero reciben mucha energía del Sol, que los calienta, y ese calor recibido es el calor que emiten a su vez al espacio. Al final es lo comido por lo servido. Pero en los planetas exteriores las cosas no son así.

Júpiter, mi planeta favorito. Es un planeta que irradia mucha energía. Está compuesto de hidrógeno y helio (como las estrellas, qué coincidencia), y el helio, más pesado que el hidrógeno, tiende a caer hacia el centro del planeta y comprimirse por las increíbles presiones que allí se alcanzan. Ese desplazamiento es una pérdida de energía potencial, que se manifiesta en forma de emisión de energía. Como en las estrellas, otra coincidencia. Lo que diferencia a Júpiter de una estrella es que la presión en el núcleo no es tanta como fusionar los átomos de hidrógeno en átomos de helio; si Júpiter fuera un poco mayor, digamos que tuviera cuatro o cinco veces su diámetro (el Sol es unas 10 veces su diámetro) ya tendría la masa suficiente para iniciar las reacciones termonucleares de las estrellas. Pero, bueno, al menos sí emite mucha energía. Aunque todavía en el espectro infrarrojo, y por eso sólo vemos la luz que devuelve del Sol.

Veamos Saturno, mi otro planeta favorito. También de hidrógeno y helio como Júpiter, pero no tan masivo. Lo que ocurre en Saturno es que allí el helio llueve, y esa lluvia, al caer, genera fricción que provoca un calentamiento. Saturno también irradia mucha energía, pues.

Urano, que también es mi planeta favorito... es un misterio. Es un planeta muy raro: por ejemplo, gira en un eje a 90 grados del plano de la elíptica, muy diferente a todos los demás. ¿Por qué? Nadie lo sabe. Y tampoco irradia energía propia. De nuevo, nadie sabe porqué. Hay quien opina que es porque la perdió toda hace mucho tiempo, tal vez cuando se estaba formando, pero eso no aclara mucho: ¿qué pasó, porqué la perdió? Lo cierto es que Urano, hoy, emite tanta energía como energía recibe del Sol. Apenas nada, vaya.

Y por último tenemos a Neptuno, mi verdadero planeta favorito. Neptuno, que recibe una cantidad ridícula de energía del Sol, emite mucha energía. Mucha. ¿De dónde sale? No se sabe, ni se sospecha. Tal vez sea que hay muchos elementos pesados en su interior y éstos se van desplazando hacia el centro y liberando energía en el movimiento.

Pero yo no quería hablarles de mis planetas favoritos. O sí. O no.

Quiero decir, llevo ya quince años escribiendo en este blog. A veces escribo sobre temas que me interesan, como la astronomía. Otras, sobre cosas que me llaman la atención, como esos árboles de la misma especie que se ayudan entre sí pasándose azúcares y nutrientes a través de las raíces para sanar a los heridos. Historias de Física, de Biología, de Música o de Arte, de Historia o de Geografía.

Me fascina recordar cómo España y Portugal se repartieron América del Sur trazando líneas sobre las cuencas hidrográficas, y cómo unos exploradores españoles se encontraron en la Venezuela profunda con portugueses porque el Orinoco, rompiendo la lógica geográfica de los ríos que se juntan en forma de "Y", hacía lo contrario: se dividía enviando una rama hacia el Amazonas a través del canal de Casiquiare. O me pregunto por qué las fronteras de Kirguistán son tan enrevesadas. 

En el fondo, como decía la zarzuela, hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, y el mundo está lleno de descubrimientos que fascinan.En el fondo, lo que pasa es que, como dijo don Hilarión a don Sebastián (o al revés, pero no importa), hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. Y hay muchos descubrimientos que son fascinantes. Que fascinan.

Sin embargo, a veces escribo lo que en ese momento quiero decir. Es decir, de política.

Las más de las veces lo hago por puro encorajinamiento ante el deterioro institucional, para dejar constancia de cómo son estos tiempos y de lo que tenemos que aguantar. Escribo para rescatar pequeños detalles que pronto se olvidan y que servirían para envolver el pescado de mañana (si no fuera porque hoy en España eso ya es ilegal); cosas que conviene recordar porque, a lo mejor, en el futuro nadie se las creería.

De cómo Pedro Sánchez, por ejemplo, está pudriendo la democracia española y se comporta como la Argentina de los Kirchner. Para advertir que, igual que un día los venezolanos se encontraron con Maduro al mando sin comerlo ni beberlo, también nosotros llevamos camino de caer igual de bajo.

De hecho, tengo guardadas en el cajón de borradores un par de entradas que al final no quise publicar. En una de ellas querría haber contado cómo RTVE, la oficial, disfraza a una sindicalista de médico (con bata y fonendoscopio al cuello) para manipular la opinión pública contra la oposición y, una vez pillados, aducen que era administrativa en las cocinas del hospital. En la otra, querría haber narrado cómo el PSOE presiona al clan de narcotraficantes que reveló que las cloacas querían "eliminar" a la juez que juzgaba al hermano del presidente; una presión infame que ha consistido en meter en prisión provisional a un chaval de 18 años, hijo de la jefa del clan, acusándolo de haber robado un patinete. Da igual que la defensa aporte fotos, facturas y la declaración de la dentista demostrando que a esa hora el chico estaba en Marbella en una operación dental y no en Badajoz. Da igual que el fiscal no tenga una sola prueba o imagen, o que la defensa clame con lógica elemental para qué diantres iba a robar un patinete un chaval que conduce habitualmente un Lamborghini Urus.

Querría contar muchas cosas que ahora me parecen increíbles por miedo a que en unos años las encontremos incluso tiernas. Para gritar que saltemos del coche antes de caer por el acantilado; que peor va a ser no saltar.

Hay una etiqueta que suelo usar en algunas entradas: "Daniel Quinn". La aplico cuando hablo de esos errores garrafales que cometemos como sociedad, esos que nos destruirán y de los que casi nadie se da cuenta. Llevo quince años advirtiendo, por ejemplo, sobre la caída demográfica y su impacto inevitable en la deuda pública: cada vez seremos menos personas para pagar muchísimo más dinero. Cuando veo que avanzamos ciegamente hacia ese colapso, me quema por dentro y necesito decirlo. Es mi blog, después de todo.

Y sin embargo... qué mal envejecen las entradas de política.

Las otras me gusta releerlas de vez en cuando, porque versan sobre temas interesantes, interesantes entonces e interesantes ahora (y porque, ¡caramba!, cuando escribo no lo hago mal del todo), pero las políticas, al volver a ellas pasado el tiempo... ¡qué mezquindades!

 

 

Por cierto: 15 años cumplidos. Empecé en septiembre de 2011, por probar qué era eso de los blogs y sin ningún ánimo de perdurar. Una veintena de entradas a lo sumo, 40 en el mejor de mis sueños. 1.250 entradas después, creo que aún me quedan 20 o así en el tintero. O 40, no sé. Ya veremos.

 

 

 

Ólafur Arnalds - Only the winds 

domingo, 11 de octubre de 2026

El chiquillo en patinete

Vuelvo de comprar el pan y me adelantan tres niños chicos en patinete. Al llegar al semáforo —es una calle de cinco carriles— se detienen y se vuelven hacia su madre.

—Va, mamá, corre.

—Es que vais muy deprisa.

La madre se acerca lo suficiente para ver el cruce y les dice que pueden cruzar. Los niños se lanzan a toda la velocidad que son capaces con sus patinetes infantiles. El mayor, que circula a la derecha, se cruza delante de sus dos hermanos en dirección al parque, sito a la izquierda en la otra acera. El hermano mediano, que va a la izquierda de su hermana, no tiene tiempo de frenar y choca con el mayor, yéndose al suelo. En un cruce de calle. Los dos hermanos se detienen un momento y se vuelven a mirarle; el mediano se levanta y, renqueante, se pone en marcha. Los tres consiguen cruzar la calle con éxito.

Detrás de mí viene la madre. Y le oí preguntar:

—¿Estás bien, Blai?

Estuve tentado (pero no lo hice) de girarme y decirle a la madre que no es eso lo que tiene que decirle a un niño que se cae yendo en patinete. El niño se había hecho daño, eso lo veía yo, pero no sangre. No iba a necesitar una ambulancia. 

Lo que tenía que haberle dicho era, más o menos:

—¡Ánimo, Blai, que se te escapan!

Algo así. Algo que no lo convirtiera en víctima necesitada de ayuda, sino que lo animara a ponerse en pie y rehacerse. A superarlo.

Creo que mi postura es mejor para la educación del niño; como mínimo, necesaria. El enfoque que hizo su madre fue, eso, más maternal, pero el niño no había tenido una caída seria, con lo que en ese momento era sobreprotectora. Y aunque entiendo a la madre, me fui pensando que a la sociedad le iría mejor si se la educara con un espíritu más viril y menos sobreprotector. Tanto la actitud materna como la paterna (entiéndase la viril) son convenientes en su justa medida, no pretendo criticar a las madres por ser lo que son ni querer que no se inmiscuyan, pero hay que apreciar lo bueno que aportan los padres. Y dado que el del chico no estaba presente, su madre debió hacer de padre en esa situación.

En mi experiencia, a veces los niños pequeños se caen, pero no rompen a llorar. Llegan las madres corriendo y «pobrecito mío», y entonces es cuando el niño llora. Si se hubieran limitado a quitarle la gravilla que tuviera en los codos o las rodillas y le dijeran «¡listo!», el niño se olvidaría del golpe y sólo lloraría si se hubiera hecho un daño excesivo. Es un fenómeno psicológico tan real como estudiado, que se conoce como "referenciación social". Cuando un niño pequeño sufre una caída o un imprevisto, su primera reacción no es llorar; lo primero que hace es mirar a su adulto de referencia para saber cómo debe reaccionar. El niño busca en la cara de su madre o su padre la respuesta a la pregunta: «¿Esto que me ha pasado es peligroso o no?».

Si la madre llega corriendo, con cara de pánico y un tono de voz alarmado, el cerebro del niño asume que está ante una catástrofe real. El llanto no nace del dolor del golpe, sino del miedo que le contagia la reacción de la madre. Pero si el adulto reacciona con calma, le quita la gravilla sin darle importancia y le da un empujón de ánimo, el niño interpreta que el mundo sigue siendo un lugar seguro. El mensaje inconsciente que recibe es: «Esto no es nada, tú puedes seguir». Solo llorará si el dolor físico es verdaderamente insoportable.

Me gustó comprobar que Blai no atendió a su madre. Murmuró algo como un sí y siguió empujando su patinete, aunque yo veía su cara y sus gestos y claramente le dolían las manos y las rodillas.

 

Por cierto, Blai es un nombre catalán. En castellano es Blas. 

 

miércoles, 7 de octubre de 2026

¡Los astronautas se están cayendo!

https://www.youtube.com/watch?v=PhHm0lzomdA 

 

 

Los astronautas, cuando están en la Estación Espacial Internacional o en sus paseos por el espacio, están flotando. Sí, sí, que yo lo he visto. En ingravidez absoluta.

Generada con IA

Solo hay un pequeño problema. La ley de Newton. La de la gravitación universal, vaya. Ésa que dice que entre dos masas siempre aparece una fuerza de atracción que es directamente proporcional a las masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que las separa. O, en su formulación matemática, F=G·m1·m2 / R². G es la constante de gravitación universal, por si no lo sabía.

La Tierra tiene un radio aproximado de 6.371 km. En la superficie de la Tierra, 1 kg pesa 1 kg, lo dice la ley (de Newton). La estación espacial se encuentra a unos 400 km de altura, con lo que la distancia al centro de la Tierra es algo mayor: 6.771. Lo que significa que 1 kg, allí, pesaría 0,885 kg. Un astronauta que con su equipo pesara 100 kg, allí pesaría 88,5. Más o menos, pero en cualquier caso se lo digo yo: no flotaría. Allí, de ingravidez, nada de nada.

¿Entonces?

 

Si usted estuviera en un ascensor y se cortaran los cables y el ascensor no tuviera un sistema de seguridad (lo tienen), el ascensor se precipitaría al foso y usted con él. ¿Qué notaría? Que está flotando. No estaría flotando, claro, pues pocos segundos después se estamparía contra el fondo del foso, pero como todo lo que vería es la cabina del ascensor y esa cabina cae con usted, su percepción sería que flota. Si una webcam lo estuviera retransmitiendo, le veríamos flotar. Ingrávido.

¿Y qué tiene que ver eso del ascensor con la Estación Espacial y los astronautas? Pues que allí ocurre lo mismo: la cámara que nos los retransmite se mueve con ellos, y por eso los vemos… flotar. Pero no están flotando, están cayendo.

¿Perdón, me lo repite, cómo que cayendo?

Sí, sí. ¿Nunca ha escuchado que un satélite se ha salido de su órbita y está cayendo? ¿Es usted tan joven que no recuerda la "caída" del Sky Lab? La Estación Espacial, y los astronautas que están ahí fuera, y en realidad todos los satélites que están "flotando" en el espacio se están cayendo. Y si se pregunta adónde, la respuesta es obvia: al único sitio que se caen las cosas, al suelo.

Ahora bien, hay un detalle menor e insignificante que también deberíamos tener en cuenta.Si usted suelta una piedra, la piedra cae. Inmediatamente, a sus pies. Si la lanza en horizontal con fuerza, la piedra tarda más en caer (aunque usted no lo aprecie) y cae más lejos. Si dispara una bala con un fusil potente (de los de matar presidentes en las películas), la bala recorre mil metros antes de caer.

Pues con la Estación Espacial y con los satélites, lo mismo: los han disparado. Y no con la mano, sino (aprovechando que no hay aire que oponga resistencia) a una velocidad altísima. En el caso concreto de la Estación Espacial, unos 27.600 km por hora. A esa velocidad y la altura en la que se encuentran, la distancia que recorren antes de llegar al suelo es mucho mayor que la de una bala. Muchísimo más, hasta el punto de que… a esas distancias empieza a notarse que la Tierra es redonda. Con la piedra lanzada con la mano o con la bala disparada con un fusil no se nota, pero con los satélites sí. ¿Y qué significa que la Tierra sea redonda? Pues que el efecto es que el propio suelo "también se cae". El suelo, que usted percibe horizontal, en realidad describe una curva como si se estuviera cayendo hacia su centro. Lo que, por cierto, era el argumento de Aristóteles para demostrar la esfericidad de la Tierra: lo natural es que las cosas caigan, y la forma geométrica en la que todo ha caído al máximo es la esfera. Pues bien, si el ritmo al que cae el satélite es igual al ritmo en el que cae la superficie de la Tierra (dicho así para que se me entienda), el resultado neto es que el objeto que cae (el satélite) nunca encuentra la superficie de la Tierra: nunca cae. Visto desde la Tierra, nunca se baja de su órbita. 

Eso requiere, insisto, que el satélite o el astronauta estén avanzando por el espacio a la vertiginosa velocidad que les he dicho (y que permite que den la vuelta a la Tierra en menos de dos horas).

Y por eso el astronauta, desde su cámara, se ve flotando. Aunque está cayendo.

 

 

Por cierto: entonces, ¿por qué se cayó el Sky Lab?

Pues porque cuando he dicho que ahí arriba no hay atmósfera, sí que hay. Un poquitito, pero algo es algo. Y ese algo genera un mínimo y despreciable rozamiento que tiende a frenar el satélite (o el Sky Lab). Por eso, de vez en cuando hay que reencender los motores de la Estación Espacial: para recobrar impulso (y altura). Y por eso los satélites tienen una vida determinada. En el caso del Sky Lab, como no tenía motores propios la idea era que el trasbordador espacial se le acoplara y le diera un arreón, pero hubo algunos problemillas de retrasos que además coincidieron con una intensa actividad solar que aumentó la densidad de la atmósfera exterior y... Poco a poco, esa despreciable atmósfera lo fue ralentizando… y el Sky Lab sí acabó encontrando la Tierra en su caída.

 

 

 

Vladimir Vavilov - Ave María

  

miércoles, 30 de septiembre de 2026

La inteligencia y la vivienda

Antes de firmar un contrato de alquiler, cualquier propietario mira que el inquilino se ajuste al perfil deseado. Que no le vaya a destrozar la vivienda, que no la convierta en un lupanar o un centro de distribución al por menor (o al por mayor) de sustancias estupefacientes, que no cause problemas al vecindario, suelen ser aspectos que le interesan. También, que vaya a cumplir el contrato. En concreto, que paguen el alquiler.
Así que si la nueva legislación favorece a los que no pagan (o favorece que no paguen), las personas que parezcan susceptibles de ser las que no pagan lo tendrán más difícil para alquilar una vivienda. Cuanto más se les favorezca, más difícil lo van a tener. Lo cual está muy bien (el que tengan el acceso más difícil, no que el Gobierno legisle para favorecerles) si hablamos de los caraduras, pero es justo lo contrario si hablamos de aquellos que, simplemente, parecen susceptibles. No importa lo que se deslomen los padres para cumplir, si tienen un hijo paralítico nadie les alquilará nada.
Si el Gobierno, en vez de escuchar a los descerebrados que gritan, escuchara a las personas con sesera, intentaría resolver el problema de la vivienda de la forma más inteligente: favoreciendo que se construyan más viviendas.

viernes, 25 de septiembre de 2026

PISA y yo

 https://www.youtube.com/watch?v=h1U2GfCGIEs

 

 

 

Se sigue hablando de PISA 2025. Como dije, nadie es culpable y los cambios los han de hacer otros. Y cuando hablo con alguien del sistema educativo, sus quejas son comprensibles: con el "material" que le llega, no hay nada que hacer. Hay niños que no saben leer en cursos en los que deberían, por ejemplo. Unos, porque no hablan nuestro idioma. Otros, porque tienen discapacidades intelectuales. Otros, porque en sus casas tienen situaciones familiares muy complicadas. Y, claro, la maestra no va a dejar atrás a esos chavales, así que todos a avanza al ritmo de los niños discapacitados, que no hablan nuestro idea o (o, peor, y) que tienen en sus casas situaciones familiares muy complicadas.

Uno no termina de entender porqué es bueno que los niños que no hablan nuestro idioma o que tienen discapacidades intelectuales vayan a las mismas clases que niños que no tienen esos problemas, y sobre todo que ambos grupos vayan al mismo ritmo. O, dicho de una manera setentera, «quieren enseñar a mi hijo como si fuera subnormal».

Metamos un matiz en lo anterior: todos a avanzar "casi" al ritmo de esos niños. Dejan de educar a nuestros niños como subnormales para hacerlo como oligofrénicos, y en cambio los niños con problemas tampoco pueden seguir el ritmo y se siguen quedando atrás; pero ambos problemas ya se los encontrará el maestro o profesor siguiente.

También puede ocurrir que el maestro prefiera tratar a sus alumnos como niños normales; pero los niños no normales estorbarán y el ritmo se ralentizará. El maestro, desde el momento en que tiene a los anormales en clase, y sobre todo si son más de uno, ya no puede llevar un ritmo normal de educación. 

Hay que ser muy pedagogo o muy político necesitado de votos para no ver el problema y la solución, pero en fin.

Mi sugerencia, lo que quería decir, es otra.

Si yo fuera el mandamás, introduciría un cambio. Un sutil, inapreciable cambio. Cambiaría el objetivo fundamental de la etapa de Educación Primaria. 

Así como lo más importante de la educación preescolar es que los niños salgan sabiéndose abrochar ellos solos las batas, haría que lo más importante en los seis años de Primaria es enseñar a los niños a quedarse callados y quietos en clase. Ése debería ser el objetivo de los maestros. Para jugar, saltar y gritar tienen los recreos. Pero en sexto de primaria, con 11 años, los niños han de saber quedarse callados en las clases y escuchar a los maestros. Si necesitan tres recreos de veinte minutos por la mañana, que los tengan. Pero en clase, callados.

Estoy seguro de que todos los profesores de la ESO agradecerían el cambio. Y todos los profesores universitarios. Y, qué diantres, también los maestros de sexto de Primaria. Y de quinto, y de cuarto. 

En cuanto a los conocimientos, entrarían por sí solos. Un maestro, con una clase atenta y callada, puede enseñar de verdad. El tiempo cunde cuando el alumno atiende y levanta la mano para obtener permiso antes de preguntar. Y lo mismo notaría el profesor de ESO.

Si lo hacen bien, incluso los rebeldes que en la ESO revientan las clases porque son incapaces de estar tranquilos entre cuatro paredes sin ser el centro de atención aguantarían. A fin de cuentas, también se les ha enseñado a no hacerse pis encima, ¿no?

Lo más importante no es aprender el ciclo del agua, los continentes o las tablas de multiplicar. Lo más importante es aprender a que, en clase, se está callado y quieto. Todo lo demás, vendrá por añadidura.

 

 

 

Solomon Burke - Cry to me 

 

 

jueves, 24 de septiembre de 2026

La Mercé de 2026

Hoy jueves es 24 de septiembre de 2026. Festividad de Nuestra Señora de las Mercedes, conocida popularmente en Barcelona como La Mercé. Patrona de la ciudad, y día grande de sus fiestas mayores, por supuesto en su honor.

En teoría.

En las amplias calles del centro por las que he paseado hoy (aquí no se trabaja), ni un cartel anunciador. He pasado delante de edificios municipales, centros cívicos, tablones de anuncios. Nada.

En la calle, nada. Nada movía a pensar que la ciudad estaba en fiestas: hay domingos de febrero más animados. 

¿Está la ciudad en fiestas? Ni idea. Pero me huelo que no, porque si lo estuviera ¿acaso no lo notaría?

Así somos, los barceloneses. Más sosos que una piedra.

O no, porque tras ocho años de Ada Colau y tres más de Collboni (que era, además, teniente de alcalde de Colau), aquí sí tenemos fiestas. Solo que no son para la Mercé, sino para el día del Orgullo Gay. Que aquí dura un mes, por cierto.

Imagino que son preferencias del alcalde.

Qué sosos que somos. 

 

sábado, 19 de septiembre de 2026

La aceituna del hotel

https://www.youtube.com/watch?v=5cCmgKHAAyg 

 

 

Se me rompió el cepillo de dientes mientras hacía mis abluciones matutinas. A veces, esas cosas pasan. El hotel, de muchas estrellas, proporcionaba a sus distinguidos huéspedes (y a los normales) cepillo y pasta dental como equipamiento de serie de las habitaciones. Amenities, se llaman ahora: los típicos detalles que los viajeros infrecuentes acostumbran a quedarse aunque no los usen. Como pasta de dientes sí tenía propia, no usé la que suministraban. Algo me decía que no era de tanta calidad como la normal de tienda de barrio que yo gastaba, y no me venía de un guisante. Pero sí usé el cepillo.

Era malo hasta decir basta. El mango, pequeño, daba la sensación de que era un cepillo de juguete. Además era redondo y flexible, o al menos se doblaba con facilidad si cerraba el puño. Pero, tal vez por su diseño cilíndrico o por la suavidad del material (no se les había ocurrido incluir rugosidades en el mango), el cepillo no se agarraba bien. Así que había que cerrar el puño con cierta fuerza. Más aún, como era flexible la fuerza del puño no se transmitía a la cabeza del mango, y costaba cepillar los dientes con energía. 

Y las cerdas. Eran largas y suaves, muy suaves: parecía más bien un cepillo de barbero. Aquello no era pasar un cepillo, era pasar un plumero. Como si me pasara el dedo, pero sin apretar. En fin, que era una birria de cepillo. De malísima calidad.

El hotel era caro. De cuatro estrellas en el centro de la capital de provincia. Decorado como si fuera un hotel de la Belle Epoque (todo atrezzo, oropel y latón). Empleados solícitos y habitaciones excelentes. Pero ¡ay, las amenities! 

¿Por qué un establecimiento que invierte y cobra tanto ofrece un producto tan malo? ¿Qué dice, en realidad, de un hotel el que los huéspedes no quieran los productos que ellos ofrecen gratis?

Hace años cobró fama la decisión de un directivo de una famosa e importante compañía aérea estadounidense, llamémosla TransAmérica para homenajear a la película 'Aterriza como puedas' aunque las malas lenguas dicen que fue American Airlines. El caso es que este hombre se dio cuenta de que si eliminaban una aceituna de las ensaladas que servían a bordo, el viajero no perdía apenas nada, su ensalada estaba casi igual de buena, pero dado el elevado número de ensaldas que servía TransAmérica, el ahorro de una aceituna suponía cuarenta mil dólares al año. Y se suprimió la aceituna. El ejemplo cundió, y las cadenas hoteleras empezaron a intentar recortar pequeños gastos que no aminoraban la calidad del producto.

Por ejemplo, la calidad del champú de la ducha. Un champú un poquito no tan bueno tenía un coste un pelín menor. 

Imagino que la cadena hotelera decidió, tiempo después, eliminar otra vez una aceituna: la ensalada era casi igual que la anterior. Y no hay dos sin tres. La ensalada acabó siendo un plato de lechuga rancia, y el hotel estaba encantado de lo poco que se gastaba en amenities. A fin de cuentas, pensarían, los huéspedes no eligen el hotel por si les proporciona o no una gamuza para limpiarse los zapatos ni se elige a TransAmérica por su ensalada (en realidad, un sector del público sí aplica ese criterio: recuerdo hace unos treinta años, que elegía la compañía aérea por lo bien que me trataban a bordo, llevándose la palma Lauda Air y no recuerdo qué pequeña compañía italiana; de ahí que las compañías de transporte compitan también por ofrecer las mejores salas de espera VIP).

Yo, cuando veo la birria de productos que ofrece el hotel, productos que voy a dejar allí sin siquiera abrir, pienso siempre en si no les valdría la pena el gastarse un poco más a cambio de dejar en el huésped la sensación de ser unos generosos anfitriones, en vez de unos rácanos.

 

 

 

Grupo Alba - Mi madre fue una mulata 

jueves, 17 de septiembre de 2026

Hay una palabra exacta para casi todo

https://www.youtube.com/watch?v=t4LWIP7SAjY 

 

 

 

«¿Conocen ustedes a su doble? Según recientes estudios de genética, todos tenemos uno (o dos o tres) en alguna parte del mundo».

Así empieza un reciente artículo de la escritora Carmen Posadas. Pero ella no quiere hablar de los dobles, que son las personas que se hacen pasar por otras para que crean que uno está o hace donde no está o lo que no hace. Estoy convencido de que ella sabe cuál es la palabra exacta que define lo que ella quiere decir, las personas que son físicamente iguales a nosotros. Y sin embargo, decide no emplearla.

¿Por qué?

Porque no es una palabra habitual, hoy en día. Yo la aprendí de pequeñito, era la clave del argumento de una novela (infantil-juvenil), aunque no tenía ni idea de que provenía del nombre de un personaje de una comedia de Plauto. Para empezar, ni idea de quién sería ese Plauto; pero eso no era óbice para que conociera la palabreja y la empleara de vez en cuando.

Han pasado años desde que yo era pequeñito. En los últimos, si algún articulista exhibía su amplio vocabulario, se sentía obligado a precisar que era el nombre de aquella comedia. Los lectores, por descontado, no habrían leído a Plauto, pero asociarían su nombre a la cultura grecorromana, y eso bastaría.

Hoy, una articulista de amplia cultura como Posadas opta por 'doble'. Que no es la palabra que sabe que debería usar, pero no quiere espantar a sus lectores y piensa que sus lectores no tienen el léxico de antaño.

O tempora o mores. ¡Oh, tiempos! ¡Oh, costumbres!, que decían los latines. Las cosas ya no son como antes, y usamos menos palabras. Pero ¿cómo no usarlas, si las personas cultas que escriben en los medios de comunicación no las emplean? ¡Que no hablamos de un periodista deportivo, por favor!

Y, claro. Nos quejamos de que los jóvenes no tienen comprensión lectora. Que no leen. Que su léxico es muy pobre y que con quinientas palabras ya pasan de la cuna a la tumba.  ¡Pero es que las evitamos nosotros mismos!

Antes, con 10 ó 12 años un niño ya había leído textos que empleaban, qué sé yo, lo menos 5.000 palabras o más. ¿Ahora? Su mundo se reduce a 800 palabras, a lo sumo. Y lo mismo la televisión: en los guiones actuales, los actores llenan sus líneas de palabrotas, que en el fondo no son sino maneras de hablar burdas, de gente paleta y sin cultura que carece de la capacidad de denostarte con expresiones o palabras que no sean 'jódete, gilipollas'. No estoy pidiendo que los actores declamen «¡Ha llegado el momento de probar vuestra propia medicina, panolis de chichinabo!», pero estoy seguro de que los diálogos que oímos son manifiestamente mejorables. Aunque no sé si son simples porque los actores hoy no dan para elaboraciones, pero ésa es historia para otro día. De esos polvos, estos lodos, y ahora tenemos lo que hemos cultivado. 

Ahora bien: no hemos de dejar esta labor sólo en manos de los juntaletras. Si tenemos un léxico variado, usémoslo. Y sepamos cuándo tenemos que decir 'un frágil esquife' (el diccionario no lo dice, pero los esquifes son siempre frágiles) o una chalupa. O una lancha. A veces, una balsa, pero otras una almadía. Si somos nosotros mismos los que nos censuramos, no nos quejemos de que nuestros herederos se nieguen a leer textos con una complejidad mínima para nosotros pero máxima para ellos. Porque vamos camino de hablar como los estadounidenses: el idioma inglés, hermoso y rico, tiene verbos para muchísimas cosas, pero también tienen los "verbos frasales": verbos corrientes (come, get, go, look,...) a los que añadiéndoles una preposición pasan a tener un significado diferente. Por ejemplo, come about en vez de happen, get by en vez de manage o survive, go under en vez de collapse o look out en vez de beware. Su destino va a ser, ya está siendo, que los verbos auténticos pasen a ser voces cultas, como antesala de su pérdida. ¿No me creen? ¿Ustedes... reprenden o echan la bronca? ¿Reprochan o echan en cara? Ítem más: ¿qué me dicen del la construcción 'estar por' en vez de 'preferir'?

No sé ustedes, pero yo no quiero eso. Aunque, la verdad, lo único que podemos hacer es, en las situaciones en que corresponde, intentar explicar a los lectores que todo el mundo, se cree, tiene un sosias en alguna parte. O dos, o tres. 

 

 

 

Patty Labelle - Lady Marmalade 

 

  

domingo, 13 de septiembre de 2026

La sororidad

https://www.youtube.com/watch?v=du6719uO4iE 

 

 

La palabra 'sororidad' proviene de la voz 'sor', que es como se denominaba tradicionalmente a las monjas que eran 'hermanas'. Alude pues a la solidaridad entre las mujeres, una especie de hermandad: los ataques a una son los ataques a todas.

La sororidad es una de cosa más incomprensibles para los varones. Y también una de las más detestadas. Porque es la injusticia en su grado máximo.

Como ejemplo, tenemos el estos días de actualidad caso de Lindsay Clancy. Una norteamericana que mató a sus hijos (de 5 y 3 años y un tercero de 8 meses), creo que porque estaba harta. Pero hay muchos más botones: recuerdo, sin esfuerzo, el de una madre, creo que se llamaba Juana Rivas, que secuestró a sus hijos para que no vieran al padre. Las ministras del Gobierno, como un solo cuerpo, salieron en su defensa con todo el arsenal mediático que el Gobierno es capaz de desplegar, no dudando en vilipendiar a los jueces que, en aplicación de las leyes y la más elemental justicia, fallaban una y otra vez a favor del varón.

El caso Clancy: ella reconoce el crimen, pero alega que su mente colapsó. La defensa se agarró al clavo ardiendo de la depresión postparto, y 11 de los 12 jurados estuvieron de acuerdo: consideraron que, en efecto, la pobre mujer sufría demasiado. El duodécimo jurado, el único díscolo, consideró lo contrario: que una depresión no te anula el instinto materno hasta el punto de buscar un cable y asfixiar a tus propios hijos. ¿Qué habría votado usted? Qué le dicta el sentido común? Ese único jurado valiente está sufriendo hoy un acoso salvaje.

Pero José Bretón. Mató a sus hijos. No es que se pudra en la cárcel, es que ¡ay de aquél que se atreva a formular alguna frase mínimamente exculpatoria! Un periodista quiso escribir un libro, y tuvo que ser retirado de las librerías.

¿Y si a los niños de Clancy los hubiera matado el padre, en un ataque de desesperación? Ya lo habrían electrocutado en la silla eléctrica para luego revivirlo y ponerle una inyección letal. Y nadie habría dicho ni mú.

Ningún varón se manifestará nunca a favor de los criminales varones. Tampoco las mujeres.  Y todos lo encontraremos normal.

¿Entonces? ¿Es que los actos son correctos o incorrectos según los ejecuten hombres o mueres?

No, claro que no. O, al menos, vamos a suponer que no. Vamos a suponer que lo que está mal en los varones también lo está en las mujeres. Que no un Código Penal para hombres y otro para mujeres, que todos somos iguales ante la ley.

De hecho, las manifestantes pro Clancy no defendían que sus actos fueran buenos. Defendían que ella estaba incapacitada por un suceso de 8 meses antes. Que sus hormonas habían anulado su buen juicio. Sí, tomó una decisión errónea, pero es que era mujer y madre. Y usted no puede entenderlo y es un machista y un fascista si no está de acuerdo.

Pero ese argumento no vale siempre: no se puede usar contra las mujeres, sólo a favor. No se puede siquiera insinuar que ocho meses después de un parto una mujer puede tomar decisiones equivocadas por causas hormonales. No, ocho meses no: nunca. Ni, por supuesto, las consecuencias lógicas que se derivarían de tal aserto, como que es mejor que no estén en puestos de responsabilidad.

Es decir: la ley es la misma para todos, pero las mujeres tienen excusas. Eso sí, esas excusas sólo se pueden emplear en un sentido: a favor de las mujeres. Eso es sororidad.

¿Por qué hay sororidad entre las mujeres y no entre los hombres? Pues porque hombres y mujeres son diferentes. Algo que, eso sí, sólo se puede decir si beneficia a las mujeres.

Por eso es tan injusta la sororidad. Y por eso la detestan los varones, no porque las mujeres se apoyen unas a otras, que eso nos parece fantástico, sino porque defiende la injusticia. 

 

 

Port bo - Vestida de nit (habanera) 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

PISA 2026 y las rubias

https://www.youtube.com/watch?v=b1z4JfxFb6c 

 

 

Uno de los rasgos definitorios es que la culpa siempre es de otro. Como mínimo, desde la manzana: Adán culpó a Eva, por ofrecerle la tentadora fruta, y a Dios mismo, por darle a Eva como compañera. Eva, a su vez, culpó a la serpiente. Incluso cuando la culpa es del todo nuestra y a nosotros mismos nos reconocemos que es así, ante los demás le echaremos la culpa a lo que sea.

Por ejemplo: cerramos la puerta de casa y nos hemos dejado las llaves dentro.

A nosotros mismos nos decimos: «¡Mecachis en la mar! Me he dejado las llaves dentro».

A los demás les diremos: «Justo cuando iba a salir estaba la rubia de enfrente sujetándome la puerta del ascensor para que bajara con ella, y con las prisas y los nervios me dejé las llaves dentro». La culpa no es nuestra, es de la rubia.

O si nos multan porque en la carretera que atraviesa un pueblo, una madru­gada un radar nos hace una foto a 120 km/h.

Nosotros nos decimos: «¡Mecachis en la mar! Me ha pillado el radar, por idiota. Tenía que haber ido a 50. En fin...».

Pero no contaremos la multa así, sino: «Me pusieron una multa por ir a 120 a las 3 de la mañana en un pueblo de mala muerte, como si alguien fuera a cruzar la carretera a esa hora». La culpa es de la norma, que estúpi­damente sigue prohibiendo ir a más de 50 incluso cuando es evidente que no va a haber nadie en la carretera. 

Viene todo esto a propósito de los resultados de las pruebas PISA 2026. O, mejor dicho, en alusión a lo que se dice y se dirá acerca de esos resultados. Sin duda, todos echarán la culpa a todos los demás. Al Gobierno por las leyes de Educación, por descontado, los de la derecha, y a las comunidades autónomas que aplican esas leyes, los de la izquierda. A los padres por no poner de su parte, los maestros, y a los maestros por no preparar a los chicos para la ESO, los profesores de secundaria. A nuestra sociedad en general, los que por supuestísimo carecemos de los vicios de los demás pero nada podemos hacer ante la fuerza de la mayoría. A los idiomas autonómicos, los que no los tienen, y al idioma nacional, los que los tienen. Y, huelga añadirlo, todos a los que no pueden decir que no es culpa suya: a las pantallas digitales, a Internet, a los propios chavales, que no se entretienen como deberían. 

Todos tendrán razón, claro está. Parte de razón, al menos. Los demás también son culpables. Y recalco el 'también', porque la verdadera verdad es que todos tienen parte de culpa. También uno mismo.

Pero nadie lo reconocerá. Ningún político dirá: «Sí, mi ley es mala», o «sí, no inspecciono lo que pasa y no sé afrontar los problemas». Ningún docente admitirá: «Sí, me escudo en que la burocracia consume mi tiempo y no pongo a los alumnos como mi prioridad». Ningún padre confesará: «Sí, sobreprotejo a mis hijos y solo me preocupa que no se estresen». Y ningún profesor universitario reconocerá: «Sí, me doy cuenta de que vienen faltos de preparación, pero no hago nada para cambiarlo; solo me adapto a su nivel».

Así nunca revertiremos la situación. Si sólo vemos la paja en los ojos ajenos pero nunca la viga en el propio, como cada uno se ha de limpiar su propio ojo nunca nadie se limpiará el suyo. Si sólo pensamos en lo que tendrían que hacer los demás pero nunca en qué tendría que hacer yo.

Y si aplicamos la filosofía del ministro Óscar Puente, que dijo que él no era responsable del accidente de Adamuz porque él no había hecho la soldadura del raíl: nosotros no somos responsables de los resultados de PISA, porque no somos nosotros los que hemos hecho el examen. 

Con esta filosofía, nunca mejoraremos en PISA. 


 

 

Henry Mancini - Baby elephant walk

sábado, 5 de septiembre de 2026

El cielo de Ursa Major III

Mi entrada anterior versaba sobre la galaxia Ursa Major III. Y terminaba con una más o menos poética idea: que al ser tan pocas estrellas, por la noche sería un cielo sin estrellas.

Pero no siempre sería así. Las noches que el habitante del planeta estuviera orientado hacia nosotros... el panorama sería espectacular. Piense: el radio de la Vía Láctea es de unos 50.000 años luz, y la galaxia Ursa Major III está a unos 30.000. No de las afueras, del centro. ¿Está dentro? No, está más o menos en perpendicular al plano de la espiral de nuestra galaxia. Los cálculos astronómicos indican que el remolino galáctico abarcaría 113 grados en su firmamento. La Luna llena desde la Tierra solo ocupa 0,5 grados, así que las dimensiones son sobrecogedoras. Que la Vía Láctea ocupe 113 grados significa que cubriría más de la mitad de todo el firmamento visible en ese planeta. Sería imposible mirarlo de un solo vistazo; habría que girar físicamente el cuello de izquierda a derecha y de arriba abajo para poder ver el contorno completo de la galaxia. Estaría tan cerca que dejaría de parecer un objeto astronómico de fondo para convertirse en el techo absoluto de su mundo.

La Vía Láctea se vería como una luz imponente en el cielo, pero no puntual, sino perfecta. Las simulaciones que hacen las IA de cómo es la Vía Láctea son similares a ésta:

 


Pero abarcando casi todo el firmamento. Háganse una idea. 

Es posible que algunas estrellas se pudieran distinguir a simple vista. Las que estén más cerca, tal vez. Que muy bien podrían ser miles, ya que tenemos cientos de miles de millones de estrellas. Una parte importante de la galaxia estaría a sólo unos miles de años luz, y las estrellas más brillantes de esa zona se verían perfectamente. Sin duda, sería espectacular. Por supuesto, las novas que estuvieran por allí, los días que durasen. Y las supernovas que estallaran en nuestra galaxia se verían como si de pronto apareciera una luna llena, capaces de proyectar sombras sobre el hipotético planeta en el que estuviéramos. Durante unas semanas, al menos. Luego se apagarían, y me pregunto qué explicación darían a ese fenómeno. Estoy seguro de que tendrían una mitología muy interesante.

¿Tendrían los observadores la sensación de que la Vía Láctea se los iba a comer? Porque es lo que en verdad está ocurriendo.

Lo más triste serían las noches en las que el planeta estuviera mirando hacia el otro lado. Entonces verían sólo la realidad de su propia galaxia. La más pura oscuridad, con algunos puntitos brillantes en el cielo. Para que se hagan una idea, ésta es la fotografía que han hecho nuestros telescopios de su microgalaxia:

La elusiva agrupación de unas 60 estrellas de Ursa Major III fotografiada por los telescopios de Hawái. (Fuente: CFHT/S. Gwyn / W. M. Keck Observatory).

 

 

Para más información sobre la galaxia Ursa Major III: por ejemplo, aasnova.org/2026/03/02/ursa-major-iii