https://www.youtube.com/watch?v=Veog9lA_3Zo
En estos días de viajes y largas esperas en aeropuertos he tenido que matar los ratos muertos como he podido; uno de ellos ha sido con un librito de uno o dos divulgadores franceses (ojo, ese detalle es clave) que contaba, de manera resumida, la Historia del mundo. Este tipo de libros suelen ser como ver una película de las que me gustan a mí (con acción y sin besos, para empezar): no es que alberguen grandes sorpresas, pero siempre es divertida la nueva historia del pistolero que llega a un pueblo del Far West dominado por un rico terrateniente con una pandilla de matones a sueldo o del ex-Navy Seal que ha querido dejar atrás todo su pasado pero tiene que ponerse a ello una vez más cuando los malos se meten con la persona equivocada.
El libro, ya lo he dicho, lo han escrito franceses. Y para franceses. Como uno ya conoce a los franceses, pues no les tiene en cuenta lo encantados que están de conocerse; al contrario, lo leí como una oportunidad excelente para saber cómo ven el mundo, o su Historia. Como detalles, baste decir que citan a España dos veces: una para decir que en el siglo XVI, tras la guerra de Granada, mandaron mucho, y otra para lamentar que Napoleón, en el apogeo de su gloria, hubiera decidido meterse en España. Esto último los autores lo achacan a la hybris griega que arruina a todos los humanos que llegan a creerse dioses y que hizo que Napoleón quisiera darle un reino a su hermanito José. Explican entonces que la diferencia fundamental entre España y Europa es que en España no se sentía aprecio por los soldados franceses y, a diferencia de los demás países, allí los soldados no podían alojarse en las casas de los lugareños. ¡Porque los degollarían! Bueno, también explican (en una idea que me parece muy interesante) que la clave del éxito de la conquista de América es la enorme distancia psicológica que había entre los españoles, que vivían en la Edad Moderna, y los americanos, que en los mejores casos estaban recién salidos de la Prehistoria. Y que lo mismo habría ocurrido si aquellos españoles hubieran desembarcado en el Egipto de los faraones, se habrían hecho con el poder en un plisplás. Claro que hay que entender que el autor es francés: considera un gran explorador-descubridor al señor de LaSalle, que en realidad fue un loco iluminado vendehumos, y considera que en los siglos XVII-XVIII Francia dominaba un tercio de América del Norte (aunque tiene la deferencia de apuntar que lo hacía sin apenas franceses allí). Se ve que consideran que si un francés desciende en barca un tramo del Misisipi, toda la cuenca del río es suya. En fin, quizá algún día escriba sobre esto, porque el tema tiene mucha miga y los franceses, desde luego, no lo van a hacer.
En fin, a lo que iba. O no, una digresión previa: es curioso cómo tratan los autores la caída del imperio romano (de Occidente). Como el librito es un manual sencillo, no profundiza mucho en los porqués, básicamente ocurre. ¿Empieza entonces la Edad Media? Según ellos, no. Según ellos, empieza el año 987 con la proclamación de Hugo Capeto como rey de Francia (por cierto: traté el tema en esta entrada). Lo que hay entre los romanos y Hugo Capeto son simplemente años oscuros. Y dice que Carlomagno era un patán y que es incomprensible la alta estima que se le tiene hoy en día. Para ilustrar la oscuridad de esos años, apunta que en aquella época (en Francia) no se construyó nada. Ni un monumento, ni una iglesia, nada. ¡Estos franceses...!
La caída de Roma supuso un paso atrás civilizatorio descomunal, de eso no hay duda, pero no fue igual en todas partes. En Inglaterra supuso la vuelta a la Edad de Piedra. En el norte de África, la desolación. En Francia, ya lo vemos: los arquetipos de francos, merovingios o caloringios, analfabetismo rampante. Pero la Iglesia Católica perdura, y las sociedades, más o menos, se mantienen Vale, lo compro. Pero en la península ibérica la cosa fue diferente: estaban los visigodos. De hecho, estaban como reyes antes incluso de la caída del imperio, por lo que la caída les afectó lo mismo que nos afectaría a nosotros la desaparición de los EE.UU.: nos quedaríamos sin películas de Jason Staham, sin internet y sin montones de cosas, sería duro, pero no el fin del mundo. Los visigodos mantuvieron el tipo: la monarquía persistió, se fundaron ciudades (tres), se acuñó moneda, se promulgaron leyes (y códigos legales), se erigieron iglesias, se hicieron concilios, la sociedad se mantuvo. Y san Isidoro de Sevilla escribió las Etimologías, ahí es nada. No era una sociedad inculta, al menos no más que la romana justo antes de su caída. Eso, hasta el 711. Y desde el 711 hasta el francés 987... tampoco puede decirse que España hubiera caído en la prehistoria. La mezquita de Córdoba dice lo contrario, sin ir más lejos. Pero, insisto, no hemos de ofendernos. Es un francés escribiendo para franceses, y nuestro interés es saber cómo ven el mundo ellos, no comprobar que lo ven como a nosotros nos gustaría.
A lo que iba de verdad. El libro empieza con una reflexión, que voy a denominar El señor de los anillos porque se escribió en 2006 y las películas de ese nombre estaban de moda hasta el punto de que el autor las elige para ilustrar su tesis:
En Francia, hace un siglo, todo aquel que sabía leer también sabía situarse en el tiempo y en el espacio. Un manual redactado por dos eminentes profesores, el "Malet-Isaac", mencionaba las referencias históricas y geográficas que conocían las personas que habían superado el graduado escolar. Sin embargo, esto ya no es así. La mayor parte de los franceses, y de los occidentales en general, se han convertido en personas sin pasado, en "desmemoriados" (esta palabra describe bastante bien la situación). Por una irónica paradoja, nunca se ha hablado tanto del "deber de la memoria" como en esta época de olvido; ya se sabe, sólo se insiste en una cualidad cuando ésta se ha olvidado.
Hasta hace poco tiempo, aún se escuchaba a los franceses quejarse cuando no se sentían contentos: "si una vez hicimos la Revolución, podríamos volver a hacerla", manifestaban así que eran conscientes de una bonita continuidad histórica. ¿Qué encontraríamos hoy en la cabeza de sus hijos (al menos en la de los que no han cursado el tercer ciclo)? ¡Un caballero de la Edad Media con su armadura, cabalgando sobre un cohete interplanetario, a modo de caballo, en un lugar indeterminado!
La película en varias entregas El señor de los anillos, una epopeya que no se desarrolla en ninguna parte, nos proporciona con su éxito el testimonio de la ignorancia universal. La culpa no es de nuestros contemporáneos si se ha descuidado instruirles sobre hechos y lugares. Un mundo apremiante ha querido sustituir el estudio de la historia cronológica por el de los temas que cabalgan por los siglos, del tipo "Los medios de comunicación a través de los tiempos". En cuanto a los lugares, todos son iguales para los apresurados técnicos que ya no quieren tener en cuenta los parajes, las ciudades actuales alinean por todas partes las mismas torres de cristal. Dentro de este barullo, los paisajes se difuminan, las culturas se disuelven, las historias colectivas se borran.
Esta mezcolanza provoca la desaparición de aquello que permitía a los individuos efectuar el inventario de su herencia. Si a esto se añade un tremendo desprecio por el pasado lejano y el culto a lo "inmediato", se entiende que nuestra modernidad fabrique más consumidores, "zapeadores" e hijos de la publicidad que ciudadanos responsables, deseosos de comprender y construir. Así pues, hay que ponerse en guardia: la misión más importante de una civilización es transmitir a sus hijos un patrimonio, queda a cargo de estos últimos rechazar, dilapidar o hacer fructificar su herencia.
Jean-Claude Barreau: Toda la Historia del Mundo
Es una tesis clara con la que me temo que estoy de acuerdo. Cuando yo era chaval todos los niños leíamos tebeos del Capitán Trueno o del Guerrero del Antifaz. O del Jabato, Roberto Alcázar y Pedrín, Historias Bélicas. Astérix. Tintín. Lucky Luke. Da igual cuál. Todas eran historias que estaban centradas en un tiempo y un lugar. Fijémonos, por ejemplo, en los álbumes de Asterix: la primera página de todos ellos empieza con una pequeña "lección" de Historia:
«Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos... ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor. Y la vida no es fácil para las guarniciones de legionarios romanos en los reducidos campamentos de Babaórum, Acuárum, Laudánum y Petibónum...»
Con el correspondiente mapa del hexágono y la lupa centrada en ese rincón de Bretaña.
Sí, ya desde el principio aparece la situación geográfica e histórica. Pero esa acotación no era exclusiva de Astérix ni de los tebeos: películas (¡tantas películas empezaban con una introducción asterixiana!), series de televisión, novelas,... La Historia y la Geografía estaba siempre presente, sutil en ocasiones y evidente en otras. Era una lluvia fina que calaba. Puede que el ciudadano común no tuviera un profundo conocimiento de la Historia, pero las líneas generales sí las sabía. Era parte de esa cultura general que se consideraba que no tener equivalía a ser un patán.
Esa lluvia cesó. El resultado es que el conocimiento histórico y geográfico dejó de calar, dejó de tenerse. Ahora se lo considera algo a evitar, en lo que respecta a la formación de los niños, y una pedantería si un adulto lo posee y, craso error, lo exhibe. La incultura es lo que está en boga.
¿Cuándo dejamos de valorar el conocimiento y la cultura? ¿Cuándo dejamos de considerar que las personas cultas eran la élite de la sociedad y las incultas los villanos, los destinados a ser meros braceros, el proletariado?
No lo sé. En algún momento, tal vez poco a poco. ¿Alguien duda de que eso sea un error social? Claro que sí, hay mucha gente que sigue defendiéndolo. Los maestros, los pedagogos, los psicólogos, los políticos. Sobre todo, ellos.
Para que quede claro el párrafo anterior: lo que estoy diciendo es que los maestros, políticos y pedagogos son los principales defensores de que no se enseñe el conocimiento, Historia o Geografía. No al revés, como habría pensado cualquier ciudadano hace 100 años.
El cambio de valores no ha sido baladí. Hace 50 años, queríamos que nuestros líderes fueran figuras sobresalientes en sus campos. Los mejores en lo suyo. Ahora no les pedimos nada de nada. Un maestro de escuela puede ser la máxima autoridad nacional sobre aeropuertos, vías férreas, carreteras y obras públicas, manejar presupuestos colosales y tener poder sobre cientos de miles de trabajadores. En otros campos ponemos a personas sin la menor cualificación. Y si no tienen siquiera el bachiller, ¿qué? Si alguien protesta, se le tilda de elitista y de facha. Que porqué no va a ser ministra una mujer que se gana la vida fregando escaleras, decía una vicepresidente del Gobierno. Koldo, el famoso portero de burdel, fue designado por ese Gobierno consejero de Renfe Mercancías. Si a nuestros gobernantes, a nuestros líderes, les importa un higo el conocimiento, el mérito, la maestría, ¿quiénes somos nosotros para exigirlo? En efecto: ya apenas requerimos a los recién licenciados que sepan de lo suyo. Becarios, se llaman. Junior, también. Y nos encontramos con ingenieros de 40 años a los que se considera "juniors" y que se dicen que están aprendiendo. Como si tuvieran todavía 18 años.
Se cometen muchos errores en el trabajo. En el campo mío, un gran porcentaje de los errores son por falta de atención. La información está proporcionada, bien clara en los planos, pero el que los tiene que interpretar no los ve. Hay muchísimas personas ahí fuera que si un plano tiene 100 palabras lee solo 30 ó menos. Y que si tiene 10 palabras no lee ninguna. Asombroso pero cierto. Otro porcentaje importante es porque leen, pero no saben interpretar. Es como si usted escuchara una canción en ruso: la oiría, pero no intentaría entender la letra. Pues lo mismo: leen, pero no hacen ningún esfuerzo por entender lo que leen. Una instrucción: ir a Rue 13 del Percebe, comprar 2 tomates, volver. ¿Qué hacen? Van a Rue 13 del Percebe y vuelven. ¿Los tomates? ¡Ah, no habían caído en la cuenta de que tenían que comprarlos! No se fijaron, dicen.
Pero, claro, esta Semana Santa hice esta foto:
No sé si maravillarme u horrorizarme. La criatura no tiene 24 meses, y ya maneja una tableta. Y un lápiz señalador, o como se llame. No sabe leer, pero interactuar con pantallas informáticas lo hace sola. Hace 25, 30 años, se decía que hay que ver, en el futuro los "nativos digitales", un término que se creó para referirnos a los que, a diferencia de nosotros, vivían en un mundo informatizado, patatín, incluso se hablaba de que tendrían los pulgares no sé cómo, etc.
Pero ¿cómo será de ese bebé cuando sea adulto? ¡Ah, datis! Voy a especular: asombrosamente fluido y cómodo cuando se trata de moverse a través de cuestionarios y pasar pantallas, excelente interpretando botones y encontrando opciones "ocultas", pero incapaz de enfrentarse a un libro. Si puede, esperará a que salga la película. Si no, para eso estarán los audiolibros. Puede incluso que la IA genere audiolibros con audiovídeos, y así es más fácil, no ha de imaginar a Ivanhoe o a Robinson en su isla.
Ese futuro no está tan lejano: ya hoy en día los jóvenes ingenieros prefieren ver vídeos tutoriales en Youtube en vez de atender explicaciones. Los ingenieros, según mi concepción del mundo, somos la élite de la sociedad: pues imagine, entonces. O los mapas: no es que no se miran, es que son incapaces de localizar una población en un plano y encontrar la ruta hasta allí. El año pasado paré en una gasolinera a comprar un mapa de carreteras de Michelin y el dependiente me miró como si hubiera bajado de una nave espacial. Huelga decir, no tenía. Desde hacía años.
El otro día, una señora (ya mayor) me preguntó por una dirección. Estaba dos calles más abajo, por cierto. Me llamó la atención porque ya nadie pregunta direcciones. Todos tenemos móvil, ¿no? Pero esto también tiene consecuencias: los jóvenes ya no saben los nombres de las calles, y los recorridos habituales se los saben de memoria, pero los recorridos no usuales los hacen móvil en mano. Sí, la tecnología nos cambia. Cambia primero nuestros hábitos, y luego cambiamos nosotros. Hace 20 años me habría reído o me habría encolerizado si me dijeran que el dinero en efectivo iba a desaparecer. Hoy, para mí, es (casi) sólo un recuerdo. Algo que usaban los cromagnones, aunque aún queda alguno por ahí.
Así que sí. Hace 20 años El señor de los Anillos era un síntoma de lo que se nos venía encima. Hoy podemos confirmar que la evolución es cierta. Y no tiene marcha atrás. ¿Cuánto sobrevivirá "el mundo antiguo"? Lo que sobrevivamos nosotros. Cuando muere el penúltimo hablante de una lengua, la lengua muere (el último no tiene con quién hablarla, ¿no?). Cuando muera el último analógico, sólo quedarán digitales.
Un último ejemplo. De vez en cuando me toca interactuar con ingenieros jóvenes, arquitectos jóvenes, aparejadores jóvenes. Titulados universitarios. No saben croquizar a mano, es decir, no saben plasmar sus ideas con un dibujo a mano (necesitan un ordenador), pero bueno. Ahora bien, tampoco saben explicarlas. Al menos, por escrito. No saben escribir. Saben pedirle a la IA que lo escriba por ellos. Pero ellos no saben. ¿El paso siguiente, en la evolución? Hoy, no saben expresar con precisión lo que se les ocurre; mañana, quizás no se les ocurrirá nada.
Pero no es algo que me preocupe. No es mi problema.
G.F. Händel - Sabaranda para cuerda y continuo


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